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La Naturaleza fue la gran musa compartida de Gaudí, Miró, Casals y Picasso, pero no la única. Junto a ellos también estuvieron mujeres decisivas que, con su talento, carácter y sensibilidad, marcaron su vida y su obra. Este apartado recupera la memoria de esas musas olvidadas, que aportaron inspiración y humanidad a su creación artística.

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Casals: coleccionista de arte y humanista

«Es por el color por lo que la pintura se acerca mucho a la música».

 

Pau Casals, como gran humanista y hombre de cultura, era consciente de la importancia de la proyección de su legado y, así, se convirtió en un gran coleccionista de arte. Como es notorio, recibió una formación que no se limitó a sus estudios de conservatorio, sino que incluyó todas las áreas del conocimiento, donde el arte ocupó un lugar destacado. Cada semana, las clases con su mentor, el conde Guillermo Morphy, incluían una visita al Museo del Prado que debía comentar por escrito. Muy pronto, despertaron su interés los coloristas de la escuela veneciana, especialmente Tiziano, y también Velázquez y Goya, así como la intensidad expresiva de El Greco.

Casals vivió una época en la que se promovían los lugares de encuentro de artistas de todos los ámbitos (poetas, pintores, músicos…) y la fusión de las artes en el modernismo. A pesar de ello, sus gustos eran tendentes al clasicismo, con preferencia por el arte figurativo. Así se materializó claramente en la década de los veinte y los treinta del siglo XX, cuando estableció su residencia en Cataluña, mientras culminaban las obras de remodelación de su casa de Sant Salvador del Vendrell. El genio reunió una colección artística extraordinaria adquiriendo obras puestas a la venta, por ejemplo, en exposiciones o subastas como las que se celebraban a menudo en la Sala Parés de Barcelona; también se relacionaba con numerosos pintores y artistas contemporáneos.

En las pinturas que forman la colección artística de Casals, destacan el tono azul y los ambientes marinos. Los tonos azules predominan principalmente en el fondo de la pieza más espectacular, y también la más atípica, que constituye, ciertamente, el conjunto de pinturas murales de Francesc Pla, El Vigatà. El artista creó esta obra magna hacia 1793 para la casa de Joan Ribera, situada en la calle Nou de Sant Francesc de Barcelona. En el año 1901 los murales fueron adquiridos por el conde Eusebi Güell, conocido como mecenas de Antoni Gaudí y hombre de fuerte sentimiento catalanista. Finalmente, Pau Casals los compró en 1934. En la actualidad, se pueden contemplar en una sala específica del museo. Se inspiran en temas extraídos de la mitología clásica (Las metamorfosis de Ovidio) con la presencia de Ceres y Mercurio en el techo, en una alegoría dedicada al comercio marítimo y al progreso. En los laterales, vemos representados temas amorosos con Apolo y Dafne o Venus y Adonis, entre otros. El azul impera igualmente en algunas pinturas de Joaquim Mir (1873-1940), como Roquisser (roquedal), Corral de carro o Calafell (todas de 1928).

En los amplios jardines de la Casa Museo podemos observar directamente el mar desde su mirador, así como admirar las variadas tonalidades de las plantas que rodean las esculturas de gran relevancia allí expuestas, como Apolo (1934) de Josep Clarà o el desnudo femenino Les flors (Las flores) (1925-1933) de Josep Llimona. Por motivos simbólicos, Casals tenía muy claro que Apolo debía presidir los jardines de Vil·la Casals. En aquella época también tenía muy presentes los motivos mitológicos del conjunto mural de El Vigatà, donde figura el dios helénico. Decía considerarlo un compendio de las mejores cualidades del hombre: dios de la música, de la poesía, de la medicina, de la armonía y un arquero protector de los marineros y caminantes contra el mal. Inicialmente, Josep Clarà encontraba la idea demasiado clásica para un escultor contemporáneo, pero el resultado, después de tres bocetos supervisados por el Maestro, resultó realmente impresionante.

Pau Casals también quisó proyectar al futuro su imagen pública a través de la creación de una colección de arte propia, como complemento a su legado de intérprete y compositor. A mediados de la década de 1930, la Vil·la Casals ya era considerada «como un templo del arte, cuyo dios era Pau Casals».

«Todo esto, todos los recuerdos musicales, cuadros y documentos que se encuentran en Sant Salvador, lo daré a mi país». (Pau Casals, 1955).

En el año 2020, Núria Ballester, directora del Museo Pau Casals, detallaba la importancia de la Vil·la Casals de El Vendrell en un antiguo post de nuestra web:

«En 1909 Pau Casals compró, por sugerencia de su madre, estos terrenos que dan a la playa de Sant Salvador. El complejo, integrado por la casa principal, las casas de invitados, la masía y el jardín, era el paisaje que Pau Casals proyectó como lugar de reposo y recuerdo constante de sus propias raíces vinculadas a su ciudad natal, El Vendrell, y a su barrio marítimo, la playa de Sant Salvador. Años más tarde, a comienzos de los años treinta, Pau Casals encargó las obras de ampliación y reforma de la casa a un buen amigo, el arquitecto Antoni Puig Gairalt. La casa se fue convirtiendo en un pequeño museo personal donde Casals iba acumulando recuerdos, documentos, fotografías, objetos significativos, como la calabacita (su primer violonchelo, que le construyó su padre y Peret, “el Barber”) y, sobre todo, su gran y magnífica colección de arte catalán de finales del siglo XIX y principios del XX. Hoy en día, todo ese legado convive en estas estancias impregnadas del genial músico. […]  nos hablan de un hombre metódico, con una gran conciencia histórica, que se relacionaba tanto con los líderes más importantes del momento como con los pescadores de Sant Salvador, que estudiaba, componía y tocaba insistentemente, que batallaba por hacer llegar la música a todo el mundo y que luchaba con tenacidad y coherencia contra las injusticias y las guerras». 

En la actualidad, la que fue residencia habitual del Maestro durante la mayor parte de su vida constituye la sede del Museo Pau Casals, declarado Museo de Interés Nacional por la Generalitat de Catalunya y Bien Cultural de Interés Local por el Ayuntamiento de El Vendrell. Asimismo, forma parte de las Casas Icónicas de Cataluña.

 

MÁS INFORMACIÓN

Museo Pau Casals
Avenida Palfuriana, 67
43880 Sant Salvador, El Vendrell

www.paucasals.org/es/

museu@paucasals.org
+34 977 684 276  

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Casals: cultura popular y paisaje

Desde su infancia, Pau Casals estuvo en contacto con las manifestaciones de la cultura popular de la ciudad de El Vendrell, con su paisaje humano. Su padre, organista de la iglesia de Sant Salvador y profesor de canto y piano, impulsó la creación de un coro y, desde que tenía apenas 5 años, actuaban juntos en todas las fiestas y celebraciones del pueblo. 

Por otro lado, una de las primeras composiciones en las que trabajó junto a su padre, con 7 años, tuvo lugar con ocasión de la tradicional representación navideña de Els pastorets (Los pastorcillos), en el Centre Catòlic de El Vendrell. Decía que la Navidad siempre había tenido un significado especial para él. Más de setenta años después, ya en el exilio, a raíz de la guerra civil, solía concluir sus conciertos y festivales con la melodía de un villancico popular: El cant dels ocells (El canto de los pájaros), del que compuso arreglos para violonchelo y que tocaba como símbolo de su amor a Cataluña y su añoranza. Él mismo explicaba de qué manera le inspiraba el canto de los distintos pájaros que escuchaba en El Vendrell, aquel gozo de sonidos de la naturaleza

«¡Y cuánta vida en Navidad! En “El cant dels ocells” son las águilas y los gorriones, los ruiseñores y los reyezuelos, quienes dan la bienvenida al niño cantándole como una flor que deleitará la tierra con su dulce fragancia. Y los tordos y los jilgueros cantan que la primavera ha llegado y que las hojas de los árboles se abren y se tornan verdes».

En 1971, en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, Pau Casals estrenó el Himno a las Naciones Unidas después de haber recibido la Medalla de la Paz, y pronunció un discurso sobre la paz y los valores de la nación catalana. Al acabar el concierto, interpretó El cant dels ocells y se dirigió a todo el hemiciclo diciendo: «Los pájaros, cuando vuelan por el cielo, van cantando: “¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!” y es una melodía que Bach, Bethoven y todos los grandes habrían admirado y amado. Y, además, brota del alma de mi país, Cataluña».

Cabe recordar que Pau Casals toda su vida colaboró con las entidades culturales de El Vendrell, incluso con apoyo económico, por ejemplo, para la confección de los trajes del Ball de Diables (Baile de diablos*) de la ciudad. Mención aparte merecen los castells (torres humanas), que amaba profundamente por los valores de hermandad, tenacidad y esfuerzo colectivo que representaban. El genio contaba cómo, de pequeño, hacía sus primeros pinitos en la disciplina en la playa de Sant Salvador, y de qué manera le impactó una actuación de la agrupación de los Xiquets de Valls. Cuando visitaba El Vendrell siempre participaba con entusiasmo en aquellas jornadas y era gran seguidor de los Nens del Vendrell.

 

*Baile de Diablos, agrupaciones que desfilan disfrazadas de diablo saltando entre grandes bengalas y pirotecnia, acompañadas de tambores (N de la T).

Impulsor del Concurs de Castells

«Los castells se sienten como un impulso atávico, profundo, de fuerza casi religiosa, que incita a los hombres de nuestra comarca a levantar torres humanas que se alzan hacia el cielo. Yo mismo los he practicado, de pequeño en la playa de Sant Salvador, y toda mi vida he llevado en mi corazón el deseo ferviente de colaborar. El esfuerzo y la hermandad, el arrojo y el equilibrio de los castells son el símbolo viviente de las sólidas virtudes de la estirpe catalana».

En 1932 se celebró la primera edición del Concurs de Castells de Tarragona. Se trataba de una idea que había propuesto años antes Pau Casals, cuando ya era un músico de prestigio internacional. Su idea era aprovechar el impulso del mundo casteller para organizar un concurso con la voluntad de contribuir a la mejora de la consideración social y cultural de la disciplina. Casals acabó presidiendo el jurado en las dos primeras ediciones de dicho certamen, celebradas en 1932 y 1933. En los años que siguieron, no se pudo celebrar por la situación convulsa del país. En la edición de 2022, el Concurs de Castells homenajeó a Pau Casals coincidiendo con el 90 aniversario de su primera edición.

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«Els castells». Cartel.
Autor: desconocido. Terraferma, Centre Català de Caracas (Venezuela), 1973.
Código: GRAF 06283. (Archivo Fundació Pau Casals).

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Casals: director y maestro

A tenor de la información que nos llega por fuentes escritas y biógrafos, sabemos que Pau Casals recibió un tipo de educación propio de los ambientes de la realeza de Madrid de manos del conde de Morphy, gran conocedor de las humanidades y las artes. Casals era consciente de la importancia de la educación y el humanismo. Por ello, contando con una formación integral y unos profundos valores morales, trabajó incansablemente para que la cultura (y, en especial, la música) llegara a todos los ámbitos de la sociedad y a todas las clases sociales. Afirmaba que la música tenía que servir para algo: transformar, y así lo evidenció a lo largo de su vida.

La idea de fundar una gran orquesta para Barcelona germinó largo tiempo en el pensamiento de Pau Casals, mientras dirigía conjuntos orquestales de gran nivel por todo el mundo, hasta que, al fin, una serie de circunstancias vitales y profesionales lo hicieron posible el 13 de octubre de 1920, en el Palau de la Música Catalana.

El apoyo económico para el proyecto se aseguró gracias a la Junta del Patronato, formada por Josep Soldevila, el conde de Lavern, Josep de Montoliu, Carles Vidal-Quadras, Francesc Cambó, Claudi Sabadell, Jeroni de Moragas, Josep Andreu, Felip Capdevila y Joaquim Pena.

Los músicos para la Orquesta Pau Casals fueron seleccionados entre los mejores del país y se les asignó un sueldo digno, lo que no era habitual en la época. Asimismo, desde el principio, el Maestro tuvo interés en incorporar una gran representación de un instrumento poco frecuente aún en las formaciones musicales: la trompa.

El trabajo preparatorio fue muy intenso, con dos ensayos diarios. Sumado a la labor realizada por el Maestro con las partituras durante los meses previos en Sant Salvador de El Vendrell, todo ello comportó al genio una enfermedad visual muy grave debida al sobreesfuerzo.

Aunque los inicios fueron difíciles, dos años más tarde la Orquesta Pau Casals obtenía el reconocimiento de los directores internacionales y sus conciertos eran aplaudidos por el público. Además, los músicos comentaban con entusiasmo la belleza de las obras que tocaban y la extraordinaria ejecución que habían sido capaces de lograr gracias a las indicaciones artísticas de Pau Casals. Según afirmaban, les daba la sensación de que tocaban como nunca antes y que él era capaz de transmitirles la técnica con una sencillez solo al alcance de los dioses de la música. Lo recordaban años después y se lamentaban: «¡Aquello acabó con el Maestro!».

Pese al éxito de la Orquesta Pau Casals, había un aspecto que aún preocupaba al Maestro: sentía que sólo llegaba a las clases acomodadas. Por lo tanto, se dirigió a las entidades de obreros y les ofreció sus conciertos a cambio de una subscripción simbólica porque creía firmemente que la clase trabajadora tenía que disfrutar de los frutos culturales de la sociedad a la que contribuía con su esfuerzo; también actuaba influido por el movimiento coral que había impulsado Anselm Clavé. Así pues, el 1925, se crea la Associació Obrera de Concerts (Asociación Obrera de Conciertos), que llevó a cabo una gran labor social ofreciendo conciertos dominicales que representaban un bálsamo en una época de desigualdades.

«Lo que yo quería era una Asociación específicamente obrera, regida y administrada por los mismos obreros que la compondrían. Muy a menudo, los trabajadores permanecen al margen de la vida musical; yo deseaba que esto no ocurriera en mi país; que los hombres y mujeres que cada día pasan tantas horas en las fábricas, almacenes y oficinas, también pudieran participar de la vida musical y en unas condiciones tales que dicha participación les abriera nuevos horizontes, enriqueciera su espíritu». Josep M. Corredor, Converses amb Pau Casals (Selecta, 1967)*.

El último concierto de la Orquesta Pau Casals tuvo lugar el 12 de julio de 1937, en plena guerra civil, en el Teatre del Liceu. Dos años más tarde, cuando llegaban las tropas franquistas a Barcelona, Casals se exilió definitivamente en una pequeña población de Cataluña Nord: Prades de Conflent.

En Prades, Pau Casals se dedicó durante años a la labor de ayudar a los exiliados. Por otro lado, tras la Segunda Guerra Mundial, dejó de ofrecer conciertos en los países aliados por compromiso moral, en protesta por su actitud y permisividad ante el gobierno de Franco. A finales de 1946, aceptó a su primer alumno de violonchelo en el exilio: Bernard Greenhouse. Siguió trabajando en sus composiciones e impartiendo clases a nuevos discípulos que llegaban de todo el mundo, como Zara Nelsova o Madeline Foley.

 

*Obra original Conversations avec Pablo Casals (1955) del mismo autor, posteriormente traducida al catalán. En su edición en español se titula Pablo Casals cuenta su vida (conversaciones con el Maestro) (N de la T.)

 

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Casals: exiliados y paz

Pau Casals inició su trayectoria profesional con 23 años y actuó en los mejores auditorios del mundo. Desde su debut internacional, en París en 1899, los inicios de su carrera fueron extraordinarios y llegó a ofrecer doscientos cincuenta conciertos al año. Obtuvo muchos ingresos y, cuando tuvo que exiliarse, era económicamente solvente. Sin embargo, su compromiso lo llevó a dejar de lado los conciertos públicos para dedicarse de lleno a ayudar a los exiliados. Pensaba que había «cosas más importantes que la música» en aquellos momentos y, por ello, llevó a cabo una labor infatigable de auxilio desde Prades. Su residencia se convirtió en una verdadera oficina de peticiones de ayuda a través de miles de cartas que dirigía a organizaciones internacionales y personalidades. También recibía una avalancha de peticiones individuales de refugiados. Junto con otras personas, como su amigo Joan Alavedra, se organizó, incluso, para alquilar un camión con chófer y repartir paquetes con víveres, ropa y medicamentos por los campos de concentración (Argelès, Rivesaltes, Septfonds o Le Boulou…), que había visitado anteriormente.

El volumen de su ayuda en cifras se documentaba en la exposición «Pau Casals i l’exili (Pau Casals y el exilio)» que llevó a cabo la Fundación Pau Casals en 2007: se conservan páginas y páginas en las que figuran las donaciones económicas que Casals realizó a lo largo de sus años de exilio. La lista completa, sólo entre 1938 y 1940, suma un total de 142.092 francos franceses. Toda una fortuna; actualmente, más de 30.000 euros. Además, su ayuda no fue puntual: en 1953 se creó la organización Spanish Refugee Aid, de la que Casals fue presidente honorario y con la que colaboró hasta 1973.

«Primero soy un hombre y, segundo, un artista. Como hombre, mi primera obligación es luchar por el bienestar de la humanidad».

 

Lucha por la paz y la libertad

Pau Casals defendió la paz como objetivo prioritario. Contraponía la música, que expresaba lo mejor de la humanidad, a la guerra, que para él representaba lo peor. El genio mantuvo una larga e intensa relación con las Naciones Unidas. Tras la Segunda Guerra Mundial, protestó con su silencio por el hecho de que los aliados mantuvieran la dictadura del general Franco. En el contexto de la Guerra Fría y la amenaza nuclear, se movilizó en favor de la paz y la democracia hasta el fin de sus días. Pau Casals fue invitado a tocar en tres ocasiones en la Asamblea General de las Naciones Unidas: en 1958, en 1963 y en 1971, y sus tres discursos son una magnífica expresión del pensamiento y la sensibilidad de este catalán universal.

El 24 de octubre de 1958, el músico fue invitado por el Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, a dar un concierto en la Asamblea General para conmemorar el Día de las Naciones Unidas. El concierto, junto con el «mensaje de la paz» que Pau Casals había grabado días antes en Ginebra, fue retransmitido por radio a más de cuarenta países. Pau Casals fue nominado al Premio Nobel de la Paz.

El 19 de abril de 1962, con el concierto del oratorio El pessebre celebrado en el Memorial Opera House de San Francisco, anunció su intención de embarcarse en una cruzada personal por la dignidad humana, la fraternidad y la paz. Durante los diez años siguientes, Pau Casals dirigió El pessebre por todo el mundo. En 1963, el presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad.

Tanto los festivales organizados por Pau Casals como las representaciones de El pessebre siempre tuvieron una gran significación para quienes sufrieron los estragos de las guerras. Como muestra, reproducimos un fragmento de una crónica de la prensa del exilio en México:

«La pequeña figura del Maestro, a menudo de pie sobre el estrado, parecía huir de las maderas que lo rodeaban y se tornaba gigante a los ojos de los músicos, cantantes y público, todos ellos como hipnotizados. No en vano era un nacimiento divino lo que se conmemoraba. Pero también la consagración a los ojos del mundo de la música catalana y su genio creador. Nunca olvidaré, por muchos años que viva, los acordes finales de una majestuosidad digna de la suprema invocación repetida en una especie de cántico infinito: “¡Paz en la tierra!”; “¡Nunca más otra guerra!”; “¡Nunca más pecado!”; “¡Paz a los hombres de buena voluntad!”».  (Artur Bladé, «El Festival Pau Casals a Acapulco», Pont Blau, 99, enero de 1961).

En 1971, Pau Casals participó en el concierto del Día de las Naciones Unidas, en la sede de la Asamblea General, en Nueva York. Estrenó el Himno a las Naciones Unidas, y el Secretario General, U Thant, le hizo entrega de la Medalla de la Paz en reconocimiento a su trayectoria y actitud.

 

El secretari general de la ONU, U Thant, concediendo a Pau Casals la medalla de la Paz de las naciones Unidas. (Fondo Pau Casals, 24 de octubre de 1971)

En junio de 1972 creó la Fundación Pau Casals con sede en El Vendrell junto con su esposa, Marta Montañez, con el objetivo de conservar su legado y la casa de Sant Salvador, que tuvo que abandonar al partir al exilio y en la que nunca más pudo volver a vivir.

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Casals: vocación

Nacido en El Vendrell (Baix Penedès) en 1876, fue compositor, director de orquesta, el mejor violonchelista de todos los tiempos y un verdadero humanista; asimismo, toda su vida defendió sus ideales de paz, libertad y catalanidad, por lo que, incluso, decidió dejar de tocar en señal de protesta y murió en el exilio, en Puerto Rico, en 1973.

Pau Casals fue un niño prodigio de la música. Con 5 años ya estudiaba composición y canto con su padre, organista de la iglesia de El Vendrell y profesor de piano. De hecho, fue impartiendo clase como conoció a la futura madre de Pau, una alumna suya nacida en Puerto Rico en el seno de una familia de ascendencia catalana. El caso es que Pau se convirtió en segundo soprano del coro parroquial a los 5 años; sobre los 7, tocaba el violín y, a los 9, ya tocaba el órgano de la iglesia (que aún existe), cuando algún motivo se lo impedía a su padre.

Por aquella época, Casals vio a una banda de músicos ambulantes tocando instrumentos curiosos en la plaza del pueblo y le fascinó una especie de violonchelo rudimentario. Insistió a su padre, que tenía mucha destreza como artesano, que le construyera uno con una calabacita vacía y, así, se convirtió en su primer instrumento. En la actualidad, se puede ver en el Museo Pau Casals y constituye todo un símbolo, como elemento humilde que proviene de la tierra. 

Su padre, que también le había hecho una bicicleta o un reloj de madera, quiso que tuviera un oficio y, de pequeño, lo mandó como aprendiz a un amigo carpintero. Pese a la manifiestas habilidades musicales del pequeño, no creía que pudiera ganarse la vida como músico, ya que conocía las dificultades que ello suponía. De no ser por la convicción y determinación de la madre, nunca habría accedido a que Pau siguiera ese camino.

Finalmente, con 11 años, Pau Casals ingresó en la Escola Municipal de Música de Barcelona. En la ciudad condal, en poco tiempo se hizo un lugar y empezó a trabajar tocando en un trío musical en el Cafè Tost. Pronto conseguiría hacerse un repertorio a medida y un nombre: era conocido como el Nen del violoncel (el niño del violonchelo). Sus interpretaciones destacaron enseguida por las innovaciones y el virtuosismo del artista. Tras sus estudios en Barcelona, fue a Madrid becado por la reina María Cristina. Con 20 años empezó su carrera como solista en España y, con 23, hizo su debut internacional en París. En pocos años, se convirtió en uno de los mejores violonchelistas del panorama internacional con giras de éxito por todo el mundo.

Anecdotario

    • Pau Casals tenía 9 años cuando empezó a tocar el órgano de la iglesia de forma ocasional substituyendo a su padre y tuvieron que fabricarle unas alzas para llegar a los pedales. El pequeño Pau recibía muchos elogios de vecinos y feligreses, que no dejaban de sorprenderse en cada actuación; a su salida, incluso, le obsequiaban con pasteles. Años más tarde, en 1929, él mismo contribuyó a la restauración del órgano, del siglo XVIII, que aún suena en El Vendrell.
    • El célebre pianista y compositor Isaac Albéniz descubrió a Pau Casals tocando en un café en Barcelona. Maravillado por su talento, le dió a su madre una carta de recomendación para estudiar en Madrid. Allí, la reina María Cristina le concedió una beca para continuar sus estudios y estuvo bajo la protección de un brillante músico y formador muy influyente y protector de las artes: el conde Guillermo de Morphy. Casals tenía 17 años y, según él mismo decía, el conde se convirtió en una pieza clave en su vida: «Verdaderamente, fue más que mi maestro, mi protector y mi guía: fue mi mejor amigo».
  • A lo largo de su trayectoria, Casals llegó a relacionarse con muchas personalidades de fama mundial (como los presidentes de los Estados Unidos J.F. Kennedy o H.S. Truman), pero también hablaba con los pescadores de Sant Salvador de El Vendrell, de quienes proclamaba su sabiduría y decía haber aprendido cosas muy importantes de la vida. Por ejemplo, recordaba con afecto las enseñanzas de un viejo lobo de mar, Pau de la Senda, vigilante de la ermita del barrio marinero, que le enseñó, incluso, a nadar.

 

Casals amante del paisaje 

«Cuando cierro los ojos, veo el mar de Sant Salvador y el pueblo marinero de Sitges, con sus barquitas de pesca en la arena, las viñas, los olivos y los granados del Camp de Tarragona, el río Llobregat y los picos de Montserrat. Cataluña es la tierra en que nací y la amo como a una madre».

 

El mismo Casals, según recoge Albert E. Kahn en su libro Reflexions, describe los sonidos y elementos del paisaje natural y humano en los que el genio encontró su inspiración: el mar Mediterráneo, el resplandor de la luz del sol, el sonido del viento y las olas, las nubes cambiantes, los cantos de las alboradas, el bullicio de las tareas de los pescadores o viñateros, los bailes de la plaza, la estridencia de las gralles (tipo de dulzaina), las melodías del movimiento de los árboles, los pájaros piando y la gente conversando con todos los matices y ondulaciones de la voz: 

«Los primeros recuerdos de mi vida están asociados al mar. Puedo afirmar que lo descubrí cuando aún era niño. Precisamente el Mediterráneo, cerca de El Vendrell, donde nací. Desde mi primer año de vida, mi madre comenzó a llevarme a orillas del mar, al pueblecito de Sant Salvador. […] Allí había una ermita […] románica. La luz se filtraba a través de las ventanas y el único sonido era el silbido del viento. Yo diría que aquel fue el inicio de mi vida consciente —el sentido de la luz del sol y el sonido del mar. A medida que fui creciendo, permanecía horas y horas contemplando el mar desde aquellas ventanas, maravillado al ver cómo se extendía interminable hasta el infinito, cómo las olas, incansables, avanzaban hacia la arena, y cómo las nubes componían formas cambiantes en el cielo. Es una visión que nunca ha dejado de cautivarme.

»Por las mañanas, a veces me despertaba el sonido de las alboradas que cantaban los del pueblo —pescadores y viñateros— cuando iban a trabajar. Otras veces, por la tarde, había bailes en la plaza y, de vez en cuando, festivales en los que tocaba la gralla. […] Cada día podía escuchar a mi padre tocar, en el piano o en el órgano, canciones, música religiosa y composiciones de los maestros. Me llevaba a todos los servicios de la iglesia y, así, el canto gregoriano, el coral y los solos de órgano se convirtieron en parte de mi vida cotidiana. Y, además, los maravillosos sonidos de la naturaleza, el sonido del mar, el sonido del viento soplando a través de los árboles, el delicado canto de los pájaros, la infinitamente variada melodía de la voz humana, no sólo en canciones, sino también hablada. ¡Qué riqueza musical! (Todo ello) Me sostenía y me alimentaba».

 

«Don Pablo Casals amó la naturaleza».
Recortes de prensa de la muerte de Pau Casals, 1973-1974.
Código: TEXT 09905. (Archivo Fundación Pau Casals).

 

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Gaudí: biomimética

«Observando tiestos de flores, rodeado de viñas y olivares, animado por el cloquear de las gallinas, el canto de los pájaros y el zumbido de los insectos, y con las montañas de Prades al fondo, capté las más puras y placenteras imágenes de la Naturaleza, que siempre es mi maestra». (A. Gaudí)

Es evidente que Antoni Gaudí ya hablaba en los siglos XIX y XX de inspiración natural, que reconocemos en el ámbito estético, en las formas y volúmenes característicos de sus obras, y en la construcción técnica de sus edificios, a fin de hacerlos más sostenibles en todos los sentidos. Por ello, podemos hablar de Gaudí como precursor de la biomimética.

Gaudí dibujaba la estructura de plantas y flores en sus cuadernos, en los que hablaba de ornamentación en la arquitectura. Archivo Instituto Municipal de Museos de Reus (IMMR)

La naturaleza es una fuente infinita de soluciones que nos lleva millones de años de ventaja en el desarrollo y optimización de los elementos. Gaudí lo tenía presente y así se refleja en muchas de las aplicaciones en su obra: «El gran libro, siempre abierto y que hay que esforzarse en leer, es el de la naturaleza». El genio se inspira en las formas surgidas a partir de la geología de las montañas de tierra arenisca y roja del Camp de Tarragona, en las texturas de los líquenes aferrados a las piedras y a la corteza de los árboles, en el equilibrio de los troncos de las palmeras y las hojas del palmito, en los tallos y flores de la uña de gato, en las tonalidades de las escamas de los peces y las ondulaciones de las aguas, en los volúmenes de las conchas de los caracoles, en los pinos doblegados por el viento y sus piñas, así como también en los utensilios creados a mano por los artesanos.

En lo que a soluciones técnicas se refiere, empleó los arcos catenarios que creó de manera sencilla mediante la observación directa de pesos colgantes, con el fin de potenciar las superficies más simples posibles, como en el caso del helicoide y el hiperboloide, síntesis del movimiento y la apertura hacia la luz natural. Igualmente, en la Sagrada Familia, empleó pilares de estructura arbórea que supusieron un gran ahorro de materiales, o torres diseñadas de forma aerodinámica para reducir el impacto del viento. En las casas Vicens o Batlló, creó formas y geometrías inspiradas en las plantas que reducían el consumo de energía mediante la construcción de ventanales o claraboyas que repartían los rayos del sol y la luz por las estancias. En la casa Milà, aplicó aislamiento térmico a las plantas de los edificios e impulsó la ventilación natural. En varios edificios, incluso, recicló materiales procedentes de los residuos de construcción para crear elementos nuevos, como el trencadís (técnica gaudiniana de mosaico realizada a base de fragmentos rotos de cerámica), a la vez que utilizó materiales locales y de bajo coste. Finalmente, construyó edificios adaptados al clima mediterráneo y montañoso a través de soluciones sostenibles que regulaban la temperatura.

Igual que en el medio natural, el genio tenía presente la optimización de materiales y la adaptación a los resultados, por lo que el arquitecto mantenía una vigilancia férrea y tomaba constantes decisiones durante las obras. En un principio, podría decirse que la inspiración de Gaudí era de carácter estético y filosófico, de respeto y devoción por los elementos naturales. Sin embargo, al revisar los principios actuales de sostenibilidad, se puede comprobar que, en el fondo, había una voluntad de optimizar recursos y trabajar a favor del medio y de la reducción de costes. De hecho, el principio de eficiencia estructural rige el mundo natural por definición y hace posible la belleza; en la naturaleza, forma y función son inseparables.

 

MÁS INFORMACIÓN

Gaudí Centre y oficina de turismo
Pza. del Mercadal, 3
43201 Reus
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info@gaudicentrereus.cat
+34 977 010 670 

Casa Pairal de Antoni Gaudí
Raval de Sant Francesc, 14
43330 Riudoms
www.riudomsturisme.cat
promocio@riudoms.cat
+34 977 850 350

paisatge dels genis gaudí desenrocada

Gaudí: coll (collado) de la Desenrocada y Escornalbou

«No hay línea recta en la naturaleza, ni en los cuerpos de las plantas ni en los árboles». (Gaudí entrevistado por J.F. Ràfols, 1908).

En 2020, Jaume Massó, arqueólogo e historiador asesor del Gaudí Centre, hacía un resumen preciso de la inspiración natural y los elementos vegetales en la obra de Antoni Gaudí en un antiguo post de nuestra página web:

«La etapa de la infancia y adolescencia en Reus sin duda sería muy importante en la formación del genio creativo de Gaudí, tanto por su primer contacto con la arquitectura y el patrimonio como por la observación de la naturaleza y sus elementos. Desde el centro de la ciudad podía ir fácilmente a pie a los campos de cultivo y huertos que en aquella época la rodeaban, igual que hacía durante las visitas a la cercana ciudad de Riudoms, de donde era su padre y donde la familia tenía tierras. En este paisaje mediterráeno no es difícil imaginar al niño Gaudí descubriendo plantas y flores, sorprendiéndose ante insectos y criaturillas, observando cómo los pájaros construían sus nidos y explorando el terreno entre los cañizares y las rocas de las rieras.

»Posteriormente, ya a principios del siglo XX, Gaudí conoció otros parajes de la comarca que, por su singularidad, captaron su atención. Lugares como el coll (collado) de la Desenrocada, entre los municipios de La Argentera y Vilanova d’Escornalbou, desde donde se pueden observar impresionantes formaciones rocosas, habrían inspirado algunos elementos más emblemáticos de la obra más conocida de Gaudí.

»La influencia de la naturaleza y los elementos vegetales es compartida con otros arquitectos coetáneos de Gaudí, contextualizados en el movimiento que se conoce genéricamente como Art Nouveau en Europa y Modernismo en Cataluña. En el caso de Gaudí, esta mirada hacia la naturaleza a menudo va mucho más allá de las artes decorativas y se convierte en fuente de inspiración para la estructura de sus grandes creaciones».

De hecho, el descubrimiento de este vínculo con el territorio próximo al Baix Camp se publicó en la revista Sàpiens en el número del mes de julio de 2016, tras un año y medio de investigaciones a cargo de la arqueóloga Paula Santamaría y el profesor de ingeniería de la UPC Josep Pedret que el mismo Jaume Massó avaló. 

En dicha publicación se identifica el paraje montañoso del coll de la Desenrocada, situado entre los términos municipales de La Argentera y Vilanova d’Escornalbou, como el espacio natural que inspiró muchas de las obras y formas que creó Gaudí. La forma de las rocas, el juego de luces y sombras, son fuente de inspiración. La Cova dels dos Ulls (Cueva de los dos Ojos) recuerda claramente las balconadas y chimeneas de la Pedrera; asimismo, hallamos rocas que han inspirado el dragón o los pilares del Park Güell. En cuanto a la Pedrera, aún encontramos más analogías entre dicha obra y las estructuras alveolares grabadas por la erosión del viento en las rocas areniscas de color rojizo de la zona. Dichas estructuras están también presentes a los pies del castillo monasterio de Escornalbou y en el paisaje natal de Antoni Miró, como la ermita de la Mare de Déu de la Roca de Mont-roig del Camp, así como en el espacio natural de L’Areny.

De hecho, desde este paraje se pueden contemplar unas vistas privilegiadas de dicho castillo, situado en el término municipal de Riudecanyes y datado de los siglos XII y XIII. Este impresionante conjunto arquitectónico está vinculado al gran amigo de infancia de Gaudí Eduard Toda, con quien elaboró un proyecto de restauración del monasterio de Poblet que el mismo Toda llevó a cabo entre 1930 y 1940, durante su presidencia en el Patronato del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet. A principios del siglo XX, el Toda diplomático, arqueólogo y egiptólogo, que había viajado por todo el mundo e incluso sabía descifrar jeroglíficos, adquirió y restauró Escornalbou y, con el tiempo, lo transformó en una joya cultural, con colecciones de arte, objetos antiguos y una biblioteca inmensa (alcanzó las sesenta mil referencias) de valor incalculable. Toda instaló su residencia en 1918 en el castillo y, al parecer, cuando Gaudí iba a visitarlo se sentaba a dibujar los elementos geológicos y los sorprendentes volúmenes de las Montañas de Prades.

 

PROPUESTAS

Os recomendamos la lectura de la novela Retorn als orígens, de Sònia Casas, que ganó el premio Nèstor Luján, inspirada en la investigación científica de Gaudí y el coll de la Desenrocada. También os proponemos las rutas y actividades lúdicas para toda la familia relacionadas con este libro y el castell d’Escornalbou en Escornalbou.cat.

Otro imperdible es el documental Les set vides d’Eduard Toda, de Ramon Masip, Toni Orensanz y Manel Vinuesa (Making Movies, 2016), disponible en la Filmoteca de Catalunya.

 

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EL ARLEQUIN GAUDI

Gaudí: juventud

En 2020, Jaume Massó, arqueólogo e historiador asesor del Gaudí Centre, hacía un escrupuloso resumen de los lazos  de Antoni Gaudí con la ciudad de Reus en un antiguo post de nuestra página web. El mismo autor detalla las aventuras culturales de Gaudí adolescente en varios artículos y publicaciones. Además, comenta Massó: «En Reus están depositados algunos de los escasos objetos que se conservan de Gaudí, gracias a la donación que realizó el arquitecto Domènec Sugrañes en 1933 al Museo de Reus (Museo Salvador Vilaseca): varios objetos personales y documentos relacionados con la vida del genial arquitecto».

Una de las experiencias destacables de la juventud de Gaudí tuvo lugar durante su último curso en las Escoles Pies (escolapios) de Reus (hoy IES Salvador Vilaeca), con quince años, cuando editó una revista manuscrita junto con sus amigos Eduard Toda y Josep Ribera: El Arlequín. Gaudí participó con las ilustraciones. En total, se publicaron doce números divididos en dos etapas. En la primera (de noviembre de 1867 a enero de 1868), formada por nueve números, se subtitulaba como «periódico serio-burlesco». Los artículos eran de tono cultural e iban acompañados de poemas románticos o humorísticos. En la segunda (de octubre a diciembre de 1868), a partir de la revolución de Septiembre y con tres números más, El Arlequín se subtitulaba «periódico del matiz que le dé la gana». Con un giro radical en lo que a contenidos se refiere, la publicación adquirió un marcado tono político de tendencia anticlerical y antiborbónica. Ya no se aprecia la colaboración gráfica de Gaudí, por lo que no sabemos hasta qué punto estaba involucrado intelectualmente.

Como Massó documenta, el anticlericalismo de los redactores de El Arlequín queda reflejado en el artículo «La libertad de cultos», número 9 bis (1 de octubre de 1868) en el que se defendía uno de los dieciséis puntos del programa de la Junta Revolucionaria de Reus:

«Uno de los principios, proclamados por nuestra sacrosanta revolución iniciada en la inmortal Cádiz, ha sido la libertad de cultos. ¿Qué es esta? Una facultad por la cual todo ciudadano puede profesar la religión que más le acomode y dar á ella culto sin temor de ser molestado por nadie. No comprendemos porque hay algunas almas timoratas que al oír hablar de la libertad de cultos, se escandalizan y claman que esta es asesinar a la religión católica. Antes al contrario porque con la antedicha libertad desaparecerán para siempre esta caterva de serviles hipócritas que so capa de religión engañan á todo el mundo. Además el estado, como estado, ha de ser ateo ó indiferentista porque al apasionarse este en alguna religión ya hace daño á las otras, ya mata la libertad de cultos. Mirad la Historia. Mirad á Sisebuto, á Chintila, á Tulga, los que obligaron por fuerza á alejar a los moros de España, y con ellos la riqueza y fertilidad. Mirad el fruto que sacó España de ser ellos, como reyes, católicos. Mirad sus sucesores que bien nos han traído con sus inquisiciones, su superstición y su intolerancia religiosa. Así pues clamemos con todas nuestras fuerzas para que desaparezca esta raíz de fanatismo, arraigada en algunos pocos corazones y comprendan los españoles que jamás podremos gozar de completa libertad, sino existen planteados estos dos principios. Libertad de cultos. Estado Ateo».

Tanto el tono como el contenido de la publicación se tienen que entender como el fruto de una época así como el trabajo de unos adolescentes (lo dejan claro el lenguaje y el humor utilizados). Con todo, el periódico es una clara muestra de las inquietudes y el carácter de sus autores, de una actitud resuelta que los llevará, con toda seguridad, a destacar entre sus compañeros y a llegar lejos en sus respectivas trayectorias.

  

Proyecto de restauración de Poblet

En su juventud (1869), Gaudí participó en la elaboración de un proyecto de restauración del monasterio de Poblet junto con sus amigos Eduard Toda (futuro diplomático y egiptólogo) y Josep Ribera (futuro cirujano), de quien partió la idea tras sus años de residencia en L’Espluga de Francolí. No era un proyecto menor: tenían una idea muy clara y decidida sobre la forma de incorporar a Poblet iniciativas de gestión cultural innovadoras y plenamente vigentes. En palabras del mismo Toda, en un artículo aparecido en el periódico El Matí en junio de 1936, con motivo de la publicación del suplemento en homenaje a Gaudí:  

«Nos distribuiríamos las tareas. Gaudí se encargaría de levantar muros, rehacer tejados, reconstruir bóvedas y tapar las minas y agujeros abiertos por los buscadores del fantástico tesoro del monasterio escondido por los monjes. Ribera relataría los hechos y las gestas de la historia del lugar para despertar los sentimientos de los catalanes en favor de la reconstrucción. Toda reuniría el Archivo y la Biblioteca y, además, escribiría un libro que, impreso y vendido a seis cuartos (treinta céntimos) el ejemplar, proporcionaría los primeros medios para empezar la obra.  No dudábamos de nada, en la joven ilusión de nuestros años de primavera».

Cuando sus carreras profesionales los separaron, intercambiaron correspondencia al respecto durante varios años. Más adelante, Toda llegó a ocupar la presidencia del Patronato del Real Monasterio de Santa Maria de Poblet y, cuando rebasaba los ochenta años de edad, contribuyó a la restauración de este gran monumento histórico.

 

Boletín de la Associació d’Excursions Catalana (1882-1883)

Las aventuras culturales de Gaudí y su gran amigo de la infancia Eduard Toda se sucedieron a lo largo de su vida, como lo demuestran las distintas actividades que se han podido documentar en las que participaron junto con la asociación excursionista que reunía a personalidades e intelectuales de la época bajo el denominador común de la catalanidad.

Concretamente, visitaron a fondo las entonces ruinas del monasterio de Poblet —en compañía, entre otros, de Jacint Verdaguer— en mayo de 1882. Una crónica detallada de Àlvar Verdaguer (ingeniero y librero) cuenta que los expedicionarios fueron un total de veintinueve, llegados de muchos rincones de los Països Catalans, y que la iniciativa del viaje a Poblet y Santes Creus surgió durante un encuentro en Montpellier con motivo de la fiesta literaria de felibres y catalanes. 

El itinerario empezó en Tarragona y recorrió L’Espluga de Francolí, Poblet, Valls y Santes Creus antes de culminar de regreso a Tarragona, cuyo Museo Nacional Arqueológico conserva las firmas de tan ilustres visitantes. Realmente vale la pena leer un fragmento de la crónica que describe la fiesta nocturna que vivieron en Poblet:

«Después de cenar fue cuando se organizó la visita nocturna a las ruinas. Gracias al amigo Gaudí, parco en palabras y activo cuando se presenta la ocasión, podíamos contar con todo lo necesario para nuestro objeto, como eran hachas y luces de Bengala, que en cantidad suficiente se había cuidado de procurarnos.  | Con su cooperación, así pues, y la de los artistas Brel y Baixeras pudieron conseguirse efectos realmente mágicos y cautivadores. La fantasía campaba desbocada a impulsos de aquellos cambiantes efectos de luz de varios colores, que contrastaban con la negrura de los lugares sumergidos en la oscuridad, y reproducían tan pronto la rojiza y viva luz del incendio como los rayos argénteos de la luna llena, viéndose circular por doquier, en continuo movimiento, la luz de las hachas que guiaban a los expedicionarios por las distintas dependencias del monasterio. | Una vez satisfecha la imaginación, el entusiasmo artístico fue cediendo al sentimiento poético, y finalmente el fervor religioso se adueñó de todos los corazones cuando el canónigo Collell, situado en mitad del desmantelado presbiterio, teniendo a su lado al Reverendo Verdaguer y alrededor al resto de la comitiva, iluminando este cuadro la luminosidad de las hachas, entonó con voz majestuosa la Salve Regina, que presto encontró el eco entre los concurrentes. Terminada esta, se pusieron todos en marcha, y se rezaron las letanías en grave y ordenada procesión que iba recorriendo el claustro. ¡Quién sabe si los respetables restos de los que allí aún yacen se estremecieron de placer en sus tumbas al son de las fervientes voces de quienes por ellos rezaban! ¡Quién sabe si por las casas de los aledaños hubo algún anciano, que al despertar, oyendo aquellas graves salmodias, y viendo el resplandor que trascendía por los ventanales, creyera encontrarse aún en la época viviente y esplendorosa del viejo monasterio!».

Hubo otras excursiones en 1883 y, asimismo, se ha reseñado la participación en un importante concurso literario con motivo de las fiestas de Morunys de la Marenda, con varios escritores y excursionistas catalanes: Alexandre de Riquer, Emili Vilanova, Narcís Oller, Jacint Verdaguer, Àngel Guimerà, Eduard Toda y Antoni Gaudí, entre otros. Otras actividades en las que coincidieron ambos amigos fueron la colaboración en la nueva etapa de la Revista del Centre de Lectura, en el periódico reusense Las Circunstancias o en la Associació Catalanista d’Excursions Científiques.

 

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Gaudí: Modernismo rural

¿Sabíais que el Modernismo que cambió las ciudades de la época de Gaudí, Miró, Casals y Picasso tenía una corriente rural?

Si Joan Fuster, escritor valenciano, hablaba del esplendor económico “de la naranja”, aquí podríamos hacer referencia a la prosperidad “de la viña”. 

A esa pujanza contribuyó, ciertamente, la confianza que la moderna burguesía de la época depositó en una serie de arquitectos geniales fieles a una tradición artística pero abiertos a crear nuevos lenguajes estéticos. De este modo, recurriendo a materiales a menudo reciclados, dichos artistas apostaron por la vuelta a los orígenes y la autenticidad, que plasmaron en grandes masías, bodegas cooperativas o ermitas. Por ejemplo, Josep Maria Jujol, destacado colaborador de Gaudí, ideó un lenguaje muy personal, a la medida de los pueblos rurales en los que trabajaba, empleando materiales propios del campo y adaptando los usos de sus construcciones al clima y a las cosechas.

La imagen del santuario de Montserrat de Montferri, obra del mismo arquitecto, desde los campos que lo rodean, con las viñas a sus pies y la figura de tan singular ermita, muestra la unión de arquitectura y naturaleza. También constituye una buena síntesis de la lucha a contracorriente de las ideas del artista, que desea hacer avanzar su sociedad con los pies bien asentados en la tierra. Este principio, en el ámbito literario catalán, es una característica definitoria de la novela modernista y, sin lugar a dudas, uno de los valores que unen el pensamiento de las cuatro figuras del Paisaje de los Genios.

 

PROPUESTAS

– La Ruta Jujol de turisme slow (premiada como proyecto dirigido al colectivo senior por  Redel Rural Silver)

– La Secret Box de Jujol en Montferri (una propuesta de turismo familiar ludificada)

Colaboradores de Gaudí: Jujol y Mani

Antoni Gaudí destacó la buena disposición para la plástica propia de los naturales del Camp de Tarragona, una zona caracterizada por la luminosidad de la atmósfera, la variedad del paisaje y la presencia del mar Mediterráneo. Eso mismo afirmaba Josep Maria Jujol (1879-1949) a sus alumnos de la Escola d’Arquitectura y la Escola del Treball (trabajo) de Barcelona: «Los naturales del Camp de Tarragona perciben la belleza con mayor claridad que los barceloneses».

Como escribe Gijs van Hensbergen, biógrafo de Gaudí, la influencia de Reus en el arquitecto nunca se desvaneció: «Basta con comprobar el gran número de sus colaboradores que procedían de Reus y Tarragona para comprender la fuerza de sus raíces».

Jujol, como colaborador destacado, participó en su obra con personalidad propia. El arquitecto Gaudí le confió la proyección de parte de su trabajo con absoluta libertad creativa. A partir de 1904 colaboró con Gaudí en el diseño de: la fachada principal y el mobiliario de la Casa Batlló (1904-1906); las barandillas de hierro forjado y algún techo de la Casa Milà (la Pedrera) (1906-1910); el banco de trencadís (técnica gaudiniana de mosaico realizada a partir de fragmentos rotos de cerámica) y los techos de la sala hipóstila del Park Güell (1900-1904) o la catedral de Palma, en Mallorca (1909-1910), entre otros.

Desde la Fundació Trencadís, Josep Mª Buqueras hace un análisis preciso sobre el tema: 

«Jujol contextualiza sus obras siempre en el territorio, de manera contundente. Trata al Camp de Tarragona con una naturalidad y una familiaridad que nunca antes se han dado. Este territorium tarraconense es un gran llano en forma de semicírculo, limitado a ambos lados por las montañas (sierras de L’Argentera, Colldejou y Llaberia; las montañas de Prades y la sierra Miramar, el Montagut y el Montmell) y la mar. Jujol entiende que el Camp se construye a partir de los materiales que se hallan en el suelo. En Vistabella el material es la piedra del margen, el residuo de la labranza en el campo, y en Can Bofarull dels Pallaresos encontramos estas mismas piedras secas del margen coronando la cima de la casa solariega o los arcos del lavadero, pero también encontramos un material de desecho que se encuentra en el suelo: trozos rotos de baldosas o platos o, incluso, desde algún botecito de perfume a un porrón, que revisten la base del ángel custodio.

»La arquitectura de Jujol es como la Gesamtkunstwerk alemana, es decir, […] es una obra de arte que utiliza todas o muchas formas de arte. Su espíritu creativo y poliédrico recorre todos los aspectos y detalles, tanto en su concepción como también, y especialmente, en su ejecución material. La interdependencia y solidaridad entre las artes es heredera del modernismo, fructífero período en que una larga nómina de artistas desdibujan las fronteras entre las artes».

Desde Territori Jujol, se quiere difundir su obra a partir de la investigación:

«La obra de Jujol no es muy conocida; se suelen conocer cuatro o cinco obras como máximo, y en numerosas publicaciones se repiten siempre las mismas imágenes. Las obras más conocidas de Jujol son las de Barcelona y Sant Joan Despí, pero las de su tierra de origen, el Camp de Tarragona, son las grandes desconocidas; habiendo realizado 63 obras, apenas se conocen dos.

»Jujol no se entiende como creador si no se entiende su tradición. Quiso transformar la tradición viva que le transmitieron sus maestros, sobre todo Gallissà y Font i Gumà, con quienes trabajó, pero también Gaudí, con quien colaboró ya más maduro. Jujol recoge esta tradición, entendida como un oficio, y se la apropia. Consigue entender cómo se usan las técnicas que dominan los artesanos de la época para dotarlas de formas y usos que sólo él piensa. Es diferente, así pues, trabajar en Barcelona con los materiales más modernos que se pueda imaginar, con trabajadores que los dominan, que hacerlo en Els Pallaresos, por ejemplo, donde las limitaciones técnicas de los obreros y los materiales son manifiestas. Jujol no impondrá aquí una manera de proceder disruptiva sino, más bien, dará continuidad al mundo que heredó y lo transformará. No quiere hacer del suyo un mundo internacional; quiere proseguir con uno local como se hace con los oficios, desde el afecto».

La obra de Jujol es inclasificable. Participó en movimientos artísticos como el surrealismo y en el uso de lenguajes abstractos y no figurativos. De sus obras en la provincia de Tarragona, destacan la ermita de Montserrat, en Montferri (1926-1931 y posteriormente); la iglesia del Sagrat Cor (Sagrado Corazón), en Vistabella (1918-1924); la reforma de la Casa Bofarull (1913-1931), en Els Pallaresos, o el Teatre Metropol, en Tarragona (1908-1913).

 

En el campo de la escultura, otro modernista aparte fue Carles Mani (Móra d’Ebre, 1866 – Barcelona, 1911), también colaborador de relevancia en múltiples obras de Antoni Gaudí. Los presentó el escritor Joaquim Casas-Carbó y Gaudí se interesó mucho por la obra escultórica de Mani, que fue incorporado al equipo de colaboradores habituales.  Al parecer, el primer trabajo que le encargó fue el original Cristo del oratorio de la Casa Batlló (1906). Por otro lado, su obra Los degenerados causó un gran impacto y desconcierto en la Exposición Internacional de Arte de Barcelona de 1907 por su marcado expresionismo; Gaudí había mediado para situarla en un lugar preferente.

Mani se integró decididamente en el equipo de trabajo de la Sagrada Familia, donde retocó grupos escultóricos y, sobre todo, participó en la maqueta policromada de la fachada de la Natividad, que se envió a París para ser expuesta en el Salon de la Société Nationale des Beaux-Arts (Sociedad Nacional de Bellas Artes) en 1910. En fecha no precisada, pero en los últimos años de vida del artista, Mani diseñó una tumba, más arquitectónica que escultórica y muy gaudiniana en sus formas, para la familia Monlleó en el cementerio de Móra d’Ebre. En sus últimos días, su mermada salud le llevó a recluirse en su casa del Park Güell; Gaudí no dejó de pagarle el sueldo.

 

Panteón de la familia Monlleó (obra de Carles Mani) en el cementerio de Móra d’Ebre

La Agencia Catalana del Patrimoni Cultural nos ofrece una propuesta de escapada en colaboración con la revista Descobrir, ¡una ruta imperdible del Modernismo de Jujol en la Costa Dorada!

BAIX PENEDÈS

Empezamos la escapada en El Vendrell con el objetivo de visitar la iglesia de Sant Salvador, que conserva en su interior el altar mayor y el baldaquino modernista de Jujol, inspirado en el estilo barroco y sustentado sobre unas magníficas columnas salomónicas.

ALT CAMP

Desde el Baix Penedès nos dirigimos al Alt Camp, donde nos espera una de las joyas del legado de Jujol, el santuario de la Mare de Déu de Montserrat, que corona la colina del Corralet de Montferri. Su estructura interior es espectacular, con ciento veinte arcos catenarios que recrean la forma de un barco, orientado para navegar hacia las montañas de Montserrat, la fuente de inspiración de Jujol.

TARRAGONÈS

Continuamos la escapada en el Tarragonès. Primero nos detenemos en el núcleo de Vistabella, en el término de la Secuita. La iglesia del Sagrat Cor (Sagrado corazón) es uno de los pocos edificios de nueva planta que Jujol hizo en el Camp de Tarragona, y prácticamente sin recursos: el terreno lo cedió una persona adinerada, las piedras que se utilizaron fueron las que se encontraban al labrar los campos y la mano de obra fue voluntaria. ¿El resultado? Un edificio con un pináculo visible desde toda la comarca. Acto seguido, en Els Pallaresos, visitamos la Casa Bofarull, que fue restaurando Jujol a lo largo de dieciocho años. Animales, flores y colores colman la decoración de la casa, un completo festival de elementos de la naturaleza que reivindica el entorno rural donde se encuentra la residencia. En el mismo pueblo, visitamos el Centro Jujol, ubicado en el antiguo ayuntamiento, y las antiguas escuelas. un edificio realizado por el mismo entre 1917 y 1920. Acabamos la escapada en la ciudad de Tarragona, en el Teatro Metropol, encargado a un joven Jujol que acababa de emprender su carrera como arquitecto independiente después de haber colaborado con Gaudí. Fue una apuesta arriesgada y acertada: el proyecto era muy imaginativo, inspirado en las olas del mar batiéndose contra un barco.

 

GUÍA PRÁCTICA

Iglesia de Sant Salvador
Pza. Vella, s/n, El Vendrell | 977680010 (Oficina de Turismo)
https://www.elvendrellturisme.com/es/ / https://museus.elvendrell.net/es/rutas/

(La ruta guiada «Descubre El Vendrell» incluye esta iglesia en su recorrido. La «Ruta Pau Casals» muestra el órgano que tocaba de pequeño en dicha iglesia.)

Santuario de la Mare de Déu de Montserrat
Ctra. T-204, s/n, Montferri | 621223815 (información y reservas)
montferri.altanet.org/santuari-mdd-montserrat

Iglesia del Sagrat Cor
Pza. del Doctor Gaspà Blanch, s/n, Vistabella (la Secuita) | 977611454 (Ayuntamiento)
lasecuita.cat

Casa Bofarull
Major, 11, Els Pallaresos | 602585251 (reservas, imprescindible reserva previa)
https://www.casabofarull.com/esp/

Centro Jujol
Major, 11. Els Pallaresos

Teatro Metropol
Rambla Nova, 46, Tarragona | 977250795 (Oficina de Turismo)
https://www.tarragonaturisme.cat/es

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Gaudí: vocación

En la genealogía de Antoni Gaudí i Cornet encontramos artesanos del oficio de calderero por parte de madre y padre. La familia paterna procedía de Riudoms, donde tenía una pequeña propiedad rural, el Mas de la Calderera (declarado Bien Cultural de Interés Local en 1993), que se abastecía de agua por una mina y donde se cultivaba huerta y viña; por ello, la familia iba a menudo cuando Gaudí era un niño. 

Sus padres se instalaron enseguida en Reus, en una casa de la calle de Sant Vicenç, donde tenían un taller de calderería. Del mundo del artesanado, sin duda, el artista aprendió el esfuerzo, la constancia y el rigor en el trabajo manual desde la infancia, así como los cálculos, las medidas y la transformación de los materiales y superficies en volúmenes, lo que impulsó su imaginación espacial, básica en arquitectura. Acumuló dichas aptitudes, así pues, por herencia.

Según su biógrafo y discípulo, el arquitecto Cèsar Martinell, así lo contaba el mismo Gaudí: 

«Tengo la cualidad de ver el espacio, porque soy hijo, nieto y biznieto de caldereros. Mi padre era calderero; mi abuelo, también; mi bisabuelo, también; en casa de mi madre eran caldereros; mi abuelo era botero (que es lo mismo que calderero); un abuelo materno era marinero, que también son personas de espacio y de situación. Todas estas generaciones de personas de espacio dan una preparación. El calderero es un hombre que de una plancha plana da un volumen. Antes de comenzar el trabajo tiene que haber visto el espacio. Todos los grandes artistas del Renacimiento florentino eran cinceladores, que también crean volúmenes de un plano; aunque los cinceladores no se separan mucho de las dos dimensiones. Los caldereros abrazan las tres, y ésto crea, inconscientemente, un dominio del espacio que no todos poseen».

Su familia era modesta, si bien económicamente independiente y con una elevada base cultural, siempre fundamentada en la lectura y los libros, que el propio Gaudí leía con avidez durante los largos períodos de enfermedad que a menudo le obligaban a permanecer en el mas de Riudoms, en contacto directo con la naturaleza. De camino al Mas de la Calderera, por el margen izquierdo de la riera de Maspujols y en dirección a la montaña, hay una pequeña arboleda llamada el pinar del Sec, escenario de los juegos infantiles del pequeño Anton. Mientras jugaba con las lagartijas, los caracoles y las plantas, Gaudí fantaseaba sobre leyendas épicas protagonizadas por estos personajes singulares. Según las anécdotas de que hay constancia, los vecinos se enfadaban con el pequeño Gaudí porque se dedicaba a desmontar los márgenes hechos de piedra y guijarros buscando bichos para jugar.

Probablemente, tanto la observación de los detalles del entorno natural del campo como su amplia cultura basada en los libros de que disponía y que, incluso, ponía en duda a partir de la observación directa fueron clave en sus aportaciones arquitectónicas posteriores. Por ejemplo, denominó tres superficies con nombres ingeniosos derivados de la botánica y de la fisiología: helicoide (que proviene del tronco del eucalipto y que Gaudí asimilaba al movimiento en la construcción de escaleras o columnas); hiperboloide (que constituye la forma del fémur y que Gaudí empleaba en bóvedas y ventanales para favorecer la luz natural en los espacios) y paraboloide hiperbólico (que representa la forma de los tendones de la mano y que Gaudí aplicaba en techos curvos y criptas, conocido como “silla de montar”).

Los espacios del paisaje urbano de Reus en que vivió Gaudí se extienden desde la iglesia Prioral de Sant Pere, donde fue bautizado en 1852, pasando por la casa y el taller de la calle de Sant Vicenç, las antiguas Escoles Pies o el paseo de la Boca de la Mina, hasta el Institut Pere Mata. Además de sus vivencias en dichos espacios, cabe destacar la influencia que tuvo en Gaudí el paisaje humano de una ciudad que, en su época y hasta mediados del siglo XX, fue mitad urbana, mitad campesina, abierta al campo y al mar, en un territorio del Camp de Tarragona rodeado de montañas. Reus era una confluencia de caminos «abierta a la condición humana en movimiento y actividad». Todo el mundo acudía a vender productos de la tierra de diversa índole y a abastecerse; al cercano puerto de Salou llegaban muchos barcos a cargar mercancías (aceite, almendras, avellanas, vino y aguardiente) y descargar otros productos, como pesca salada, café o cacao. De hecho, el comercio no se limita a la compraventa de bienes, sino que constituye un intercambio de ideas y sentimientos, la comunicación entre personas. Así pues, tanto la gente de mar como los comerciantes influyeron en el mundo creativo de Gaudí, sin olvidar al resto de oficios del mundo rural

En referencia al comercio, el propio Cèsar Martinell, afirmaba: «La arquitectura es plástica, ya que consiste en situar, como la política y el comercio. La arquitectura sitúa masas constructivas que distribuyen fuerza; es mejor político quien se hace cargo de la situación de las masas y fuerzas sociales; y el comercio no hace más que trasladar mercancías […] y situarlas en las mejores condiciones de venta. Quien es capaz de ver las cuestiones políticas y comerciales también ve la plástica».

Asimismo, Gaudí se sentía atraído por el mar de una manera trascendental, como recoge Cèsar Martinell: «En el agua ve, a la vez, las dos dimensiones de la superficie y la tercera dimensión de la profundidad, que refleja el cielo y, todo ello, en movimiento y de un bello colorido.» Gaudí defendía que los habitantes del Camp de Tarragona tenían «el sentido de la plasticidad» y añadía: «El mar, la luz mediterránea, dan esta admirable cualidad y es por esta causa que la realidad no nos engaña, sino que nos instruye». 

En definitiva, la herencia psicológica que recibió de Reus, como centro y exponente del Camp de Tarragona, población y mercado en que confluían quienes querían prosperar, es de gran importancia en su visión del mundo, así como los valores del mundo agrícola que aprendió de Riudoms, en el mas familiar. Allí descubrió la fuerza imponente de un solo árbol, no como parte de un bosque, sino como un ser capaz de crecer y producir por sí solo, o la capacidad de adaptación de los elementos naturales al medio. 

En el Riudoms de la infancia de Gaudí, destacan los tonos amarillentos de la brillante luz mediterránea, los campos de viña y cereales en otoño, los líquenes (simbiosis de hongo y alga) que crecen en las cortezas de los árboles o la flor de la uña de gato (conocida en la zona como crespinell de Reus) que, incluso, se menciona en la web oficial de la Sagrada Familia: «Gaudí se inspiró en los tallos de la planta denominada Uñas de Gato (sedum nicaeensis) para los Pináculos de los Campanarios dedicados a los Apóstoles».

Igualmente, podéis visitar la ruta urbana Gaudí en Riudoms, que incluye: la plaza de L’Arbre (proyectada por el arquitecto japonés Hiroya Tanaka), la casa solariega de los Gaudí en el Rabal de Sant Francesc (donde tenía la calderería su padre; actualmente un equipamiento cultural que se puede visitar), la plaza de L’Om o la estatua dedicada a Gaudí en la plaza de la Iglesia de Sant Jaume. Disponéis del recorrido aquí.

 

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Miró: Camp de Tarragona

« […] dibujar en el espacio vacío el canto de los pájaros, el ruido del agua, del viento […] y el canto de los insectos, el viento y el agua podrían llevarse todo eso […]». (Joan Miró, notas de trabajo).

Sobre los elementos del paisaje, Miró habla de la importancia del mundo vegetal y animal en su obra durante una entrevista incluida en el documental D’un roig encès (1979):

«En la tierra de Mont-roig están las raíces de los dos árboles capitales de allí: el algarrobo y el olivo. Para mí, las raíces del algarrobo son como mis pies, que se hunden en la tierra, y este contacto me da una enorme fuerza. También admiro el signo de vitalidad que tiene el algarrobo, ya que nunca pierde las hojas. Cuando viajo siempre llevo en el maletín un sobre con una algarroba de Mont-roig; para mí ha sido una fuerza capital en mi obra. Nunca he perdido este contacto con Mont-roig. Me ha dado una fuerza de árbol, no una fuerza humana, sino una gran potencialidad vegetal. Como la de un árbol […] Los animalitos y los pájaros me hipnotizan. Sobre todo los animalitos casi invisibles, los insectos, las mariposas. Cuando los domingos iba de excursión a pie o en bicicleta, con frecuencia iba desde casa hasta L’Hospitalet. Antes de llegar estaba el vedado del marqués de Marianao, donde se cazaba. Recuerdo muy bien que, de vez en cuando, los conejos cruzaban la carretera». 

«La fuerza de la tierra de Mont-roig, para mí, es equivalente a la fuerza de Cataluña, que no hay manera de que nos derrumben».
(J. Miró, entrevistado por M. Rom).

Joan Miró se sentía totalmente identificado con el Camp de Tarragona. En una carta a Lola Anglada (21-7-1915), dice así: «Me encuentro en esta tierra de fuego y mar azul, muy azul. ¡Dios ha hecho realmente hermoso este Camp de Tarragona! Aquí trabajo mucho, trabajo desesperadamente». Son sus veranos más intensos en la finca de Mont-roig, cuando pinta una serie de dibujos de los trabajos del campo y del puerto de Cambrils. En ellos vemos, por ejemplo, a campesinos en carro o labrando, mujeres reparando redes de pesca, grupos de pescadores descargando pescado o escenas en el mercado (de pescado y productos del campo). En otra carta a Anglada (7-8-1915), Miró describe: «He llegado nuevamente a esta tierra de luz y mar, de campesinos de mejillas coloradas, fuertes como estas montañas, y barcas con las velas muy blancas que sacan peces de muchos colores…». Según el fotógrafo E. Scheidegger: «A Miró le fascinaba todo esto y le inspiraba para su trabajo. Me encargó que plasmara en mis fotografías todo este mundo del mar…».

A principios del siglo XX, Cambrils era la estación de tren más cercana a Mas Miró, a unos siete kilómetros, y había también una buena carretera para ir de visita o a pintar. En el año 1917, Miró pintó dos cuadros en dicho pueblo: Cambrils, playa y Cambrils, el puerto. En otra de sus cartas a Lola Anglada (18-9-1917), le cuenta la vida en la finca y cómo trabaja en Cambrils: «Día admirable, muy luminoso, música de colores. Fiesta de la vendimia y pisado de la uva. […] Esta tarde, después de comer… en bicicleta, gomas bien infladas, carretera rodando sobre dos ligeras ruedas. Árboles, viñas, olivos, pinos, una franja de platino. En pocos minutos en Cambrils ante una tela y un caballete. El mar, barcas, perros que persiguen a los gallos. Brava gente del mar… Después del trabajo llego a casa cansadísimo, poco dispuesto a acabar de exprimirme el cerebro. Noche, después de cenar, a dormir el sueño de los que cavan y labran la tierra».

 

«Cambrils, la playa», 1917 © Successió Miró, 2014.

En Mont-roig, Miró camina mucho y observa los terrenos rústicos y los campos labrados: algarrobos y olivos, viñas de retorcidas cepas, los perfectos surcos paralelos de la tierra labrada, campos de cereales resplandecientes y huertos cultivados con cañas de tomateras y judía verde, regados por norias y albercas. En definitiva, el trabajo sabio de los campesinos, grandes conocedores de la tierra, de mejillas curtidas por el sol y atentos siempre al cielo y sus señales. Desde Mas Miró, en su recorrido hasta la playa de la Pixerota, entre caminos marcados por las rodadas de los carros y barrancos de frondosa vegetación, Joan Miró encuentra hinojo aromático, agaves en flor con ramas de formas piramidales (que, incluso, recuerdan al símbolo mironiano de la escalera de la evasión), higos chumbos (que tanto gustaban al pintor), cañaverales de blancas espigas y pinos singulares que a menudo se podían ver antes de llegar a las playas naturales.

En un artículo publicado en el blog de la Fundación Miró de Barcelona (18-2-2020), la conservadora adjunta de las colecciones, Elena Escolar, afirma rotundamente:

«Es en Mont-roig donde asimila los ciclos naturales y observa los insectos, los animales en plena naturaleza, las estrellas, las nubes, los efectos del sol y la luna, las gradaciones de la luz en el paisaje, la acción de la lluvia en la tierra rojiza. Convive con los campesinos, se impregna de su sabiduría, comparte comidas con ellos, escucha sus historias, observa cómo trabajan la tierra, qué herramientas usan, los objetos que les rodean, el efecto de los ciclos naturales en su día a día. El entorno de Mont-roig y sus protagonistas contemplados con detalle estimulan en el artista una integración del paisaje que no solo capta formalmente, sino que se convierte en una fuerza creadora y despierta en Miró un sentimiento de pertenencia: “Es la tierra, la tierra: es más fuerte que yo. Las montañas fantásticas tienen un papel muy importante en mi vida, y el cielo también. […] es el choque de estas formas en mi espíritu, más que la visión en sí. En Mont-roig es la fuerza la que me nutre, la fuerza”.

»En verano de 1918, pinta del natural algunos paisajes que corresponden a espacios del entorno del Mas Miró: Huerto con asno, La rodera, La casa de la palmera y Tejería, en Mont-roig. Estas pinturas muestran un claro deseo de representar con gran detalle los elementos del paisaje. […] Durante aquel verano y hasta el otoño de 1919, pinta otro paisaje “detallista”: Mont-roig, la iglesia y el pueblo, con el que concluirá esta serie de paisajes. A diferencia de los otros, el formato que emplea el artista es vertical y es esa orientación del paisaje lo que nos hace percibirlo de forma escalonada. En primer plano, hallamos bancales labrados, parcelas cultivadas, cañas con tomateras. Vamos avanzando hacia el plano medio de la pintura, donde vemos el agua que mana de la acequia, en un espacio que queda delimitado por un margen de ladrillos, trazados minuciosamente, que encuadra un bancal en el que encontramos varios cultivos y vemos una figura humana cavando con una azada. Este espacio, ordenado con precisión, contrasta con el del plano superior, donde hay una masa de árboles y vegetación exuberantes que se desbordan y nos llevan al estrato más alto, donde están representados con detalle la iglesia vieja y los demás edificios del pueblo, alineados».

 

Anecdotario

  • A lo largo de su vida, Joan Miró escribió un sinfín de cartas desde el mas de Mont-roig. Gracias a esta correspondencia, sabemos, por ejemplo, que el artista aprendió cosas elementales en Mont-roig. En junio de 1921, al volver de París, donde había permanecido unos meses, Joan Miró se planta en el mas y se reúne con su familia. El caso es que la parentela se va pronto, el artista se queda solo con la masovera (aparcera) y le toca colaborar en algunas tareas domésticas. Así lo refiere a su amigo arquitecto, pintor e historiador de arte Josep F. Ràfols: «Actualmente estoy haciendo prácticas de ménage y de cocina. Aunque tenga a la masovera que me cuide, siempre es bueno saber hacer estas cosas. ¡Créame si le digo que es muy divertido aprender a freír un huevo y saber hacerse la cama!…». Una masovera que, por cierto, no era otra que Adelaida Castellnou, modelo del cuadro La masovera, que hoy en día se encuentra en el Centre Georges Pompidou, de París.
  • Los vecinos de Mas Miró de Mont-roig contaban que un día se presentó una pareja de carabineros pidiendo que se personaran en la Casilla de los Carabineros que había en la playa de la Pixerota, porque habían detenido a un chico sospechoso de contrabando que decía conocerlos. Era Joan Miró, que se pasaba horas solo en la playa esperando la puesta de sol, y los guardias habían creído que esperaba a alguien o algún desembarco sospechoso, cosa habitual en la zona. El masovero del Mas d’en Poca, la finca de al lado de Mas Miró, declaró: «Es que este chico es un artista». 
  • También relatan que, otras veces, lo encontraban sentado en los márgenes de piedra seca esperando la puesta de sol, a menudo en el lado oeste de su finca, en el Tancat, un terreno de secano con algarrobos próximo al barranco de Rifà. También existen fotografías del pintor en los márgenes del Camí Vell que lleva a la ermita de la Mare de Déu de la Roca. En verdad, Miró admiraba las construcciones de piedra en seco por su componente artesanal, por la maestría que exigían a los labradores expertos en aquel arte de disponer piedras en las posiciones exactas y con las medidas más adecuadas para sostenerse sin ningún material de unión. A su vez, dichos márgenes causaban un efecto visualmente hermoso a la vez que definían de forma ordenada el territorio de Mont-roig y alrededores. En un cuaderno de 1940-1941 conservado en la Fundació Joan Miró de Barcelona, hablando de sus inicios en la escultura, dice así: «[…] picando piedras, retocándolas, de tronas de árboles…». Las tronas son construcciones circulares de piedra seca que rodeaban los troncos de los árboles y se rellenaban de tierra para proteger a los más jóvenes de las fuertes ráfagas de viento de Mont-roig.

En 2020, en un viejo post de nuestra web, Elena Juncosa, directora de la Fundación Mas Miró, hacía un claro resumen de la importancia de Mont-roig:

«La realidad de Miró perdura en la masia [Mas Miró]: bajo la sombra de los eucaliptos, donde pintó Retrato de una niña; en el silencio de las habitaciones, donde aún se conservan muebles que aparecen en cuadros como La mesa (Bodegón del conejo) o El caballo, la pipa y la flor roja; en los grafitos y las manchas de pintura en el suelo del taller, en la tierra labrada que rodea la casa y que ahora vuelve a germinar, en el color de los algarrobos y las montañas que le inspiraron obras como Viñedos y olivos, pintada desde su habitación, o las golondrinas que, como en el cuadro de La Masía, cada año vuelven a anidar. Y aún podemos bajar hasta la playa de la Pixerota y contemplar La playa, o subir hasta la Roca (ermita de la Mare de Déu de la Roca) y contemplar Sant Ramon en equilibrio tal y como lo vio y plasmó Miró. El Mont-roig de Miró son las raíces, es su vínculo con la tierra y la sencillez de lo cotidiano: en definitiva, un paisaje».

 

Reus: plaza Prim y sastreria Queralt

Joan Miró era un hombre de costumbres y había dos lugares clave de la ciudad de Reus que  gustaba de visitar asiduamente: la plaza Prim y la sastrería Queralt. 

En noviembre de 1973, el Daily News de Washington alababa el buen gusto de Miró para vestir. El artista encargaba sus trajes de temporada en la sastrería Queralt de Reus, que le había recomendado Joan Prats, amigo y sombrerero que regentaba una tienda en la Rambla de Cataluña 54 de Barcelona. Ya en las décadas de 1950 y 1960, Miró frecuentaba Reus para hacer sus compras y su punto de reunión era la sastrería, situada en la calle Monterols 35, junto a la plaza Prim. En aquel establecimiento, el artista hallaba su refugio de discreción hecho a medida (nunca mejor dicho). De una elegancia avalada por numerosas celebridades y artistas, la sastrería llegó a sumar una trayectoria de 110 años de historia, hasta el año 2018, en que cerró por falta de relevo generacional. En el primer piso de la tienda, donde habían llegado a coser ochenta personas, existía una sala dedicada a Miró con cartas, dibujos y postales que el artista enviaba a su sastre, Francesc Queralt, originario de Valls.

Miró era un hombre muy presumido, tal y como lo definían su propia esposa y su nieto. También Josep Pla lo describía con detalle en sus Retrats de passaport (Retratos de Pasaporte) (1970) y comentaba el origen del apodo Marqués de Mont-roig que le adjudicaron sus amigos de París, por ir tan elegantemente vestido en aquel ambiente bohemio: «Vestía muy bien… parecía que acababa de salir de una caja. No creo que hubiera en Montparnasse un artista que pusiera tanto mimo en su aspecto externo e indumentaria… Era un pequeño mundo en el que todos, hombres y mujeres, se vestían como podían, es decir, de cualquier manera. Miró, no. Era una nota discordante, pero no creo que Miró la practicara… para distinguirse. Miró creía que tenía que vestir de forma admirable, y así lo hacía con perfectísima naturalidad».

Según el escritor reusense Xavier Amorós, en su libro Tomb de ravals (literalmente “vuelta” de arrabales, el perímetro de calles que rodean el casco antiguo de la ciudad), Joan Miró fue un enamorado de la plaça del Prim de Reus: «Siempre decía que aquél era uno de los lugares del mundo donde, al llegar el buen tiempo, sentado en una mesa de la terraza de algún bar, le gustaba más esperar la puesta de sol. Y esta espera la practicaba a menudo en verano; a veces, acompañado por su amigo, el sombrero barcelonés Joan Prats». Asimismo, el autor comenta que Miró aprovechaba las visitas a la ciudad para verse con el doctor Vilaseca y pedirle que le enseñara las piedras prehistóricas de su museo.

Su amor por esta plaza emblemática y luminosa de la ciudad aparecía con frecuencia en las cartas que enviaba a la familia Queralt. El 26 de diciembre de 1977, Miró escribe desde Palma a Luis Queralt: «La pasada temporada, verano y otoño, me sentí muy impedido, un invierno de trabajo excesivo me obligó a hacer reposo. Me limité a pasar sólo unas horas en Mont-roig, en vez de esas largas estancias que me permitían tomarme un café en la plaza Prim, que tanto amo, y tener aquellas charlas en casa de los amigos Queralt. Ahora llevo una vida de intensa actividad, lo que me permitirá el verano que viene pasar una buena temporada en el Mas y escaparme a Reus».

La prueba clara de la importancia de la plaza Prim para Miró es que, entre las postales que siguen decorando las paredes de su taller en el mas de Mont-roig, se conserva, precisamente, una fotografía de dicha plaza.

 

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Miró: exilio

«Sentía un profundo deseo de huir. Me encerré deliberadamente en mí mismo. La noche, la música y las estrellas comenzaron a tener un papel decisivo en mi pintura».

En enero de 1945, la galería Pierre Matisses de Nueva York inauguraba la exposición de Miró que marcó un hito en la historia del arte, con las pinturas de la serie de las Constelaciones y las litografías de la serie Barcelona. Atrás quedaban el descalabro de la guerra civil de 1936, que obligó a los Miró a vivir en París, y los estragos de la Segunda Guerra Mundial, que los llevaron a instalarse en un pequeño pueblo de Normandía, Varengeville-sur-Mer, en 1939.

A partir de su correspondencia personal se conocen las presiones del régimen franquista para captar al artista catalán y su negativa a ser instrumentalizado por la dictadura. Miró se mantuvo firme y centrado en su trabajo creativo y siempre manifestó su compromiso con la libertad a través del arte tanto en sus exposiciones en París como en los Estados Unidos.

La serie de 23 pinturas que forman las Constelaciones, iniciada en 1939 en Varengeville-sur-Mer y finalizada en 1941 entre Mallorca y Mont-roig del Camp, nos habla de unos años muy productivos, a la vez que complicados por el terror de la guerra. El azul que aparece en estas Constelaciones no es otro que el que le había sobrado a Miró tras pintar las ventanas de su casa, siguiendo órdenes de las autoridades, para evitar que los aviadores alemanes vieran las luces de las casas cuando había bombardeos.

Otra anécdota nos conduce al momento en que la familia quedó atrapada entre el bombardeo de Hitler y el franquismo. En ese momento, por decisión de la esposa de Miró, Pilar Juncosa, huyeron con las pertenencias que pudieron reunir, llegaron a Ruan y así consiguieron salvar sus cuadros y sus vidas, ya que todos los pueblos de alrededor habían sufrido bombardeos masivos con gran número de víctimas; Miró vivió tal experiencia de fractura y desolación que se ha comparado con lo que significó Guernica para Picasso. En Ruan padecieron una odisea de días de espera en los andenes de la estación de trenes, con convoyes llenos a rebosar de pasajeros. Finalmente, gracias a la ayuda de dos enfermeras —que Pilar Juncosa calificó como dos ángeles— consiguieron subir a un vagón y llegar a París, aunque por el camino perdieron la maleta con todas las joyas y la mayor parte del equipaje… El maletín con los cuadros, sin embargo, no se separó ni un segundo de Joan Miró, que lo llevaba bajo el brazo.

 

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Miró: poesía

«Frecuenté mucho a los poetas porque pensaba que era necesario superar lo “plástico” para alcanzar la poesía». 

Joan Miró no pintaba sueños, sino que, a través de su obra, facilitaba al observador los elementos que le hicieran soñar. Nunca trabajó bajo los efectos de la hipnosis, las drogas o el alcohol. No obstante, su personalidad artística y la manera en que representaba en sus lienzos todo aquello que su imaginación le dictaba hizo que André Breton exclamara: «¡Miró es el más surrealista de todos nosotros!». Como fuerza creativa de lo plástico y de la fuerte pasión que sentía por el mundo, los juegos poéticos y los materiales desnudos, siempre se manifestó como artista onírico.

Para entender a Miró, según su biógrafo y poeta Jacques Dupin, hay que ver cómo trabajan la tierra los payeses en Cataluña y cómo se relacionan con la universidad los poetas catalanes. En palabras de Vicenç Altaió, para Miró la poesía era algo físico: convertía la materia idiomática en elemento universal. Entendía, como los surrealistas, que el significado que hay dentro de las letras se desplaza y, así, pasa a ser materia pictórica. Además, para él, todo lo artístico tenía que ver con la vida. Por ello, las fracturas provocadas por las grandes guerras de su época lo llevaron a crear una nueva organización plástica de su pensamiento estético.

Joan Miró leyó a todos los poetas y los libros de poesía ocupaban un lugar privilegiado en sus talleres. Como afirma Altaió en una entrevista en Núvol: «El estudio de Miró era una realidad poética. Siempre que Miró entraba en su estudio, había un libro de poemas abierto y, cuando salía, pasaba la página para cuando volviera. Miró había trabajado en un total de 109 libros con poetas. Y una parte de estos libros eran de poetas catalanes. La primera (o última) conclusión a la que llegué es que Miró no ilustraba a otros poetas, sino que era EL poeta. En algunos casos había afinidad estética y, en otros, mucha distancia. Con nueve poetas  [Foix, Salvat-Papasseit, Carner, Sindreu, Brossa, Perucho, Espriu, Martí i Pol y Gimferrer], se puede escribir un siglo de cultura catalana a través del tronco de Joan Miró». 

Fruto de años de colaboraciones y amistad, Joan Perucho es quien mejor explica la relación de Miró con la Cataluña de posguerra en su extraordinario libro Joan Miró y Cataluña (1968), volumen que adaptaba muchos elementos del libro de artista Les essències de la terra (Las esencias de la tierra). Esta era una obra de gran formato que se presentaba en un estuche de color rojizo, en alusión al color de la tierra, y muy gráfico, con la caligrafía de Miró estampada. Julià Guillamon, en el catálogo de la exposición «D’un roig encès (De un rojo encendido)» (2021) describía algunas de sus ilustraciones de este modo: «El  rojo, el amarillo, er verde y el azul representan el paisaje, con los pájaros y las estrellas, los aperos del campo y la mano del campesino, que es el artista. Imágenes en blanco y negro y en color se despliegan alrededor de los clásicos catalanes elegidos por Perucho». Además, en el libro destaca el sol rojo de Miró, junto con sus trazos característicos.

Asimismo, un fragmento de Petita (Pequeña) suite de Perucho describe a la perfección la poesía del trabajo de Miró: «Astro. Tierra. Llama. / Primavera secreta. / Oculta fuente. / Hombre. Mujer. Sangre. / Primavera secreta. / Furia escondida. / Guijarro de riera. / Niño que baila. / Raíz que baila. / Baila la primavera. / El deseo y la sangre».

El 18 de julio de 1948, en una carta al mismo Joan Miró, Josep Carner afirmaba: «Nadie, de todos los catalanes, ha sabido superarle en la compenetración, en la unidad viviente, de nuestra savia milenaria y el sentido de la universalidad».

 

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Miró: Priorat y Prades

«Lo que busco es un movimiento inmóvil, el equivalente de la elocuencia del silencio, lo que Juan de la Cruz designaba con las palabras, creo, música muda». (Joan Miró, entrevista con Yvon Taillandier).

 

Como es sabido, la infancia de Joan Miró estuvo marcada por las vacaciones que pasaba en Cornudella de Montsant con sus abuelos paternos y en Mallorca con su abuela materna. Desde su más tierna infancia, dibujar era ya «una verdadera necesidad física», hasta el punto de que, según recuerda él mismo, con 5 o 6 años, mientras se bañaba en un río del Camp de Tarragona, se le ocurrió que podía coger un poco de barro para decorar la tela de un paisaje que había pintado.

Su período en Cornudella, en 1906, con 13 años, y las visitas a los pueblos de alrededor se documentan a partir de los dibujos conservados en el fondo de la Fundació Joan Miró de Barcelona. Asimismo, en 1917, con 24 años, pintó una serie de cuadros en Siurana y Prades, adonde iba en verano desde su finca de Mont-roig, a unos 30 km, en sus visitas a los abuelos de Cornudella.

A continuación, reproducimos parte del contenido de un texto que el estudioso Martí Rom (Ressò Mont-rogenc, 27-8-2014) elaboró para la candidatura del Priorat como Patrimonio Mundial de la Unesco, ya que detalla la obra temprana de Joan Miró vinculada a dichos pueblos: 

De Cornudella pintó algunas vistas: la iglesia renacentista en Cornudella. Pueblo e iglesia y la plaza del pueblo en Cornudella. Calle del pueblo; así como ermitas: Cornudella. Capilla de Sant Joan petit y Cornudella. Ermita de Sant Joan del Codolar. Pintó otros elementos del pueblo y masías: Estudio de casas y personaje; Cornudella. Casas; Cornudella. Paisaje con casa y Cornudella. Paisaje nocturno. Asimismo, dibujó otros paisajes donde los árboles tenían gran relevancia: Cornudella. Camino con cipreses o Cornudella. Paisaje con árboles perteneciente a la serie homónima. 

También realizó dibujos en los pueblos de alrededor, como Albarca. Pueblo e iglesia. De las ermitas de Ulldemolins: Ulldemolins. Ermita de Sant Antoni y Ulldemolins. Ermita con árboles. Esta última es la de Santa Magdalena, conocida como “la catedral del Montsant”.

El pueblo de su bisabuela paterna, Francisca Rabascall, era Porrera. De allí también existen dos dibujos enlazados en una misma obra: Porrera. Ermita de Sant Antoni y Vista del pueblo; la vista del pueblo es de la iglesia barroca dedicada a Sant Joan Evangelista.

Con 23 años, en la primavera de 1917, Miró pasó un tiempo en Siurana, a ocho kilómetros de Cornudella, donde pintó ocho telas: Siurana. Pueblo y camino; Siurana. El camino; Siurana. El pueblo; Siurana. La iglesia; Siurana; Siurana. La iglesia; Siurana. María y Siurana, mujeres jugando a cartas. Seis paisajes y dos composiciones con mujeres.

En una carta a su amigo Enric Cristòrof Ricart (Mont-roig, 26 de agosto de 1917), el autor describe: «La vida solitaria en Siurana, el primitivismo de aquella gente admirable, mi trabajo intensísimo, y sobre todo mi recogimiento espiritual (…) me han recluido en mi interior y, cuanto más escéptico me volvía sobre lo que me rodeaba, más me acercaba a Dios, a los Árboles, a las Montañas y a la Amistad».

Miró siempre volvía a aquellos pueblos del Priorat. Lo llevaba Francesc Solé Sedó, el taxista de Mont-roig que, en el documental Mont-roig: tornaveu mironià (Mont-roig: altavoz mironiano) (Martí Rom 2002), relataba: «Íbamos hacia Falset, a Escaladei. Hacíamos el trayecto en varias etapas. También le gustaba ir a Cornudella, al atardecer, cuando los campesinos se retiraban. No había muchos tractores, y los veías llevar la cosecha a lomos de sus animales, en los serones. Si era época de vendimia, llevaban una portadora a cada lado y el payés iba agarrado a la cola… Subíamos a Siurana. Allí hay un despeñadero desde el que se ve el pantano. Se asomaba como si estuviera en una plaza. A mí me daba miedo y me ponía a su lado… Se quedaba allí plantado un buen rato. De vez en cuando, me decía: “Qué  buena tarde, ¿verdad?” Pero yo estaba totalmente pendiente de él…».

Miró siempre tuvo en gran estima aquellos paisajes del Priorat, las labores del campo del payés y los oficios como el de su abuelo, herrero de Cornudella. En los años cuarenta del siglo pasado inició su vertiente escultórica a partir de materiales vinculados con frecuencia a dichos oficios artesanales».

 

Cornudella, ermita de Sant Joan del Codolar (FJM).

 

En la misma carta a Ricart (1917), Miró continúa añadiendo detalles sobre sus visitas al Priorat: «La bicicleta hace algún tiempo que reposa, pues a Siurana y a Prades solo se puede ir en aeroplano (sin lugar dónde aterrizar) y a lomos de un burro. Mientras estaba en Cornudella la usaba; no tuve que lamentar más que un patinazo bestial en una bajada al meterme dentro de una rodada, con el consiguiente desgarrón en los pantalones y tafetán en rodillas y manos».

Cuenta Rom que el chófer de Miró también comentaba detalles sobre la manera de trabajar del pintor: «Era muy curioso. Nunca lo vi llevar ni tan siquiera un bolígrafo o una cámara fotográfica. Una vez le pregunté por qué no tomaba nunca apuntes o llevaba una cámara para sacar una fotografía, por ejemplo, de la pequeña masía que hay en la montaña de Escaladei… “No, eso es asunto mío!”».

De su paso por Prades, ciertamente, le impresionó el paisaje de la «vila vermella» (la villa roja) y la naturaleza de las montañas de Prades, con la ermita de la Mare de Déu de l’Abellera, una pequeña construcción del siglo XVI, enclavada en mitad de la montaña y asentada en una cueva con una vista espectacular sobre el valle del Brugent. Desde luego, un paisaje idéntico al que fue su principal fuente creativa en Mont-roig del Camp. Miró ya había pintado varios dibujos de las calles y la iglesia de Prades durante sus excursiones con el abuelo Joan Miró, herrero de Cornudella, durante el verano de 1906, cuando juntos visitaron Ulldemolins, Porrera, Albarca y Prades. Además, en 1917, junto con los ocho cuadros de Siurana, también había pintado dos de la villa roja: Prades, una calle (FJM) y Prades. Pueblo (Museo Guggenheim de Nueva York).

 

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Miró: surrealismo

En sus cartas a Josep F. Ràfols, Joan Miró afirma (en referencia a una brizna de hierba): «Salvo los primitivos y los japoneses, casi todo el mundo desprecia algo tan divino. Todos buscan y pintan sólo las grandes masas de árboles o montañas sin sentir la música de las pequeñas hierbas y pequeñas flores y sin hacer caso de las pequeñas piedras de un barranco —graciosamente—… Cada día siento más la necesidad de una gran disciplina —único camino para llegar a hacer obra clásica (a lo que debemos tender —clasicismo en lo que sea—)».

Sobre la pintura japonesa, en los cuadros Siurana. El camino y Ermita de Sant Joan d’Horta (ambas de 1917), la crítica ve influencias del pintor Kunitora Utagawa (siglo XIX), de quien Miró tenía una colección de láminas. Con posterioridad, lo marcarán también la cultura zen y sus dos trascendentales viajes a Japón en la década de 1960.

Miró desconfía de quienes no pintan al natural, de quienes no tienen la fuerza creadora para presentar un paisaje resuelto correctamente: «No creo en los que buscan nombres a escuelas que dicen inventar. Siento odio por todos los pintores que quieren teorizar. Los grandes impresionistas obraron deslumbrados ante la luz —por impulso. Cézanne, impulsivamente. Picasso, impulsivamente. Camino único, arrollador, el impulso del gran motor espiritual, de los elegidos».

En sus notas de trabajo o entrevistas posteriores, encontramos, por otro lado, afirmaciones que encaminan al artista a la investigación de las nuevas líneas del arte:  «Quería pintar un paisaje de Mont-roig, pero ahora no siento la necesidad de hacerlo; lo que puedo hacer es, en mi próximo autorretrato, un no-paisaje, con elementos humanos que recuerden el paisaje de aquí y se metamorfoseen». «La disciplina del cubismo también ha sido importante para mí, es el cubismo el que me ha enseñado la estructura de un cuadro». (Entrevista con James J. Sweeney).

Picasso y Braque iniciaron el cubismo y París se convirtió en el centro del mundo del arte cuando se fundó la pintura surrealista, pero Miró nunca se sintió identificado con marca alguna. «Yo soy yo», decía. «Todo objeto o manifestación colectiva me repugna tanto como me podría repugnar toda etiqueta de cualquier –ismo». A pesar de ello, en 1945, cuando expuso sus Constelaciones en el MoMa de Nueva York, la crítica norteamericana y el mismo Picasso lo saludaron como el artista que había abierto una nueva puerta.

En septiembre de 1946, en el número 5 de la revista Ariel, Joan Perucho hacía una presentación relevante desde el punto de vista de la crítica de la época: «El surrealismo, así pues, con Joan Miró alcanza su máxima pureza. Un delirio de ascetismo, de economía, informa sus obras. Gradualmente se va despojando de todo posible contenido sensorial, va destruyendo una a una las amarras que lo atan a la realidad. […] Lo concreto real se convierte, de acuerdo con la dogmática surrealista, en concierto mental. Ningún otro artista lo ha logrado de una manera tan absoluta y tangible. Alguien ha dicho que Miró había descubierto los reflejos espirituales del objeto real. Pero conviene aclarar enseguida que este descubrimiento está hecho al margen de cualquier proceso de síntesis más o menos laborioso. Miró no razona: le basta su intuición maravillosa. De aquí que la pureza de un cuadro de este artista sea producto de la pureza de su alma, de su aspiración constante hacia lo absoluto. Y la más alta cualidad de Miró, la que le permite mantenerse como valor universal, es este perfecto equilibrio entre el sueño y la vida».

Basándose en los estudios más actuales, Pere Antoni Pons publicaba un planteamiento muy esclarecedor en El Temps de les Arts (núm. 1965, febrero de 2022): «Un síntoma de su ambición descomunal es que Miró odiaba que le negaran su rotunda singularidad; por ello, siempre que podía especificaba que él no hacía ningún tipo de automatismo surrealista, ni tampoco abstracción, cuando la abstracción estaba en boga y no eran pocos los que decían que la figuración había quedado obsoleta para siempre. Ello no quita que nunca renegara de sus lecciones del surrealismo y del dadá. En absoluto. Miró era un artista valiente o, incluso, podríamos decir que noble, en el sentido de que fue generoso tanto con sus discípulos como con sus maestros y colegas de quienes había aprendido tantas cosas (Picasso, Masson, Breton…) y a los que siempre estuvo agradecido».

Josep Massot, en Joan Miró sota el franquisme (Joan Miró bajo el franquismo) (2021) recuerda que Miró veía claramente la diferencia entre la poesía y la plástica, así como la razón por la que no coincidía del todo con el surrealismo: «[…] que mi obra sea como un poema puesto en música por un pintor. Eso es, el pintor vive en un mundo que no es del poeta ni del músico, pero es él quien juzga porque es él quien hace. Por ello, nunca he estado del todo de acuerdo con los surrealistas, que juzgaban el cuadro según su contenido poético, o sentimental, o, incluso, anecdótico. Yo siempre he valorado el contenido poético según sus posibilidades plásticas».

 

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Miró: vocación

«El arte puede morir; lo que cuenta es que haya esparcido sus semillas por la tierra».

Joan Miró ha pasado a la historia como un artista total que abarcó todo: pintura, escultura, cerámica, grabado, poesía y música. De pequeño trazaba líneas y círculos inspirados en la naturaleza y las constelaciones que germinaron y dieron lugar a un estilo que lo convertiría, años más tarde, en uno de los artistas más importantes del siglo XX. Para Miró, el arte significaba abrir una ventana al mundo, compartir experiencias y hablar un lenguaje universal.

En sus inicios como artista, Miró se inspiraba mayormente en los paisajes rurales que lo marcaron: el Camp de Tarragona (con Mont-roig como centro neurálgico) y los pueblos del Priorat. A su primer biógrafo y amigo Jacques Dupin (1961), le dijo:  «No me siento identificado con el niño que en Barcelona iba a misa solemne vestido de gala. Me siento más identificado con el niño que dibujaba en Cornudella o Palma. Lo que más recuerdo de mi primera comunión es el miedo que tenía la noche de antes por si me había olvidado de algún pecado en la confesión y Dios me castigaría». Cuando Dupin preparaba su monografía, Miró lo llevó a visitar la tierra de su infancia y de sus primeras pinturas, y así lo relata: «Recorrimos los pueblos montañosos que había pintado a menudo en sus primeras telas, Siurana, Prades, Cornudella. Nada, o casi nada, había cambiado desde la infancia del pintor… En Cornudella, la casa del herrero era, con su simplicidad y pobreza, tal y como Miró la había conocido. Aún se veía la marca de la herradura que servía de rótulo, así como la de los hierros para marcar el ganado que el herrero probaba en la madera de la puerta». 

La familia Miró vivía en una casa humilde de la calle de la Creu y tenía una parcela cultivada no lejos del viaducto de la Fonteta. Sus padres pensaban que la vida en el campo le iría bien para animarlo, ya que era un niño desganado en la ciudad. Por ello, allí pasaban todos los veranos. La vida rústica representó un estímulo que forjó su humor afilado entre juegos de chicos. Como parte de sus fetiches, Miró siempre conservó una piedra de Cornudella.

A Miró le gustaban las cosas sencillas y naturales. Según Pere A. Serra (1984), así decía: «Me podía pasar horas enteras contemplando el vuelo de las moscas o de las libélulas o de las golondrinas. Me gustaba mirar a los gorriones cuando comían. Me entretenía contemplando la forma de las piedras, los guijarros. Realmente, lo que me hacía feliz era centrarme en cosas sin importancia. Me divertían mucho los siurells (figurilla de barro con un silbato incorporado típica de Mallorca). Los descubrí en Mallorca. La artesanía es el arte, el arte más puro». Estas figurillas de barro que a menudo representan animales fantásticos siguen ocupando hoy en día un lugar destacado en los talleres del genio (Mont-roig y Mallorca). Sobre estas piezas de artesanía, el autor de la biografía más completa sobre el genio, Josep Massot (2018), afirma: «Su relación de colores es fundamental en Miró; sobre el fondo blanco de la escayola, manchas de colores básicos: rojo-verde, rojo-amarillo, a veces azul-amarillo, otras rojo, verde y amarillo».

Pero el camino no fue nada fácil para el joven Miró. El artista cuenta en primera persona la oposición de sus padres a su voluntad de dedicarse a la pintura y el sufrimiento que le representaba tener un trabajo de oficina. Su traslado a la finca de Mont-roig fue motivada, finalmente, por razones de salud.

«El motivo de mi traslado a Mont-roig fue que yo quería ser pintor y, naturalmente, tuve una oposición muy cerrada de mis familiares; me obligaron a hacer de lo que entonces se llamaba meritorio de un despacho. Meritorio era un aprendiz de escribiente. Iba a una gran droguería, a Dalmau-Oliveras, que aún existe. Allí pasé tres años, ¡como si estuviera en una cárcel a trabajos forzados! Era terrible. Tenía un horario de ocho de la mañana hasta la noche, y nada de vacaciones. Todo aquello me produjo una depresión nerviosa que derivó en lo que se decía unas fiebres de Barcelona. En la época, estas cosas se medicaban de un modo distinto a como se hace ahora. Estuve un mes en cama sin comer apenas.

»Hacía un tiempo que mi padre había comprado el Mas d’en Ferratges en Mont-roig, e iba con frecuencia para organizar la finca. Por consejo del médico, decidieron llevarme a Mont-roig. Recuerdo muy bien que en aquella época cogimos un taxi para ir a Mont-roig; era como coger un avión. Me repuse rápidamente. Al cabo de quince días ya iba a pie desde el pueblo hasta la ermita». 

Con anterioridad, en sus cartas a la familia, Miró ya manifestaba su determinación a ser artista y pedía la aprobación de sus padres:

«He pasado 2 años prisionero en un despacho, donde he hecho el sacrificio de no poder admirar las grandes bellezas de la naturaleza que à mi me tienen enamorado.

»Me he dedicado al comercio, sin tener ninguna vocación por él, solo dejándome guiar por Vdes, que no conocen bien à fondo mis verdaderas aspiraciones y yo, por otra parte, sin háber consultado antes mi corazón, y no escuchando la voz de mi conciencia de que llamaba por la pintura para la cual he nacido.

»Renuncio, pués, à mi vida actual para dedicarme à la pintura.»

Según el artista refirió a Josep Melià, en Mont-roig sanó inmediatamente: «El paisaje me produjo un enorme impacto, pero no crea que mis padres se convencieron fácilmente. Mi padre era muy estricto, muy duro, pero se convenció de la inutilidad de sus esfuerzos». Su padre acabó diciendo que con aquel «bicho» no había nada que hacer y que «allá él».

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Picasso: catalán

Uno de los aspectos que aún no se ha estudiado en profundidad sobre Picasso es hasta qué punto formó parte del ambiente artístico de la Barcelona de finales del XIX y principios del XX, así como la importancia de la cultura catalana en sus primeras obras. Eduard Vallès, doctor en historia del arte, dedica su tesis a la influencia del arte catalán sobre Picasso.

 

Ilustración del menú de Els 4 Gats realizada por Picasso (derecha);
el retrato de la contracubierta es obra de Ramon Casas (izquierda).
Museo Picasso de Barcelona

Es sabido que el establecimiento barcelonés Els 4 Gats fue la clave de la modernidad para el joven artista. Era lugar de encuentro y tertulia de la vanguardia catalana. En la taberna se representaban espectáculos de guiñol, sombras chinas y conciertos y se organizaban actos literarios, así como exposiciones. Picasso entró en contacto con otros jóvenes que querían ser artistas, como, por ejemplo, su gran amigo Carles Casagemas, cuyas vivencias compartidas y trágica muerte en París marcaron profundamente su obra. Su grupo de amigos se vio inspirado por la generación de artistas catalanes predecesora.

En junio de 1901, Picasso expuso algún dibujo en la Sala Parés, junto a otros de Ramon Casas, para promocionar la revista Pèl & Ploma. Cabe mencionar la exposición posterior de Casas en esta misma sala, en 1902, porque, entre los retratos de personajes ilustres y pinturas al óleo, Picasso se dará a conocer con el óleo Últimos momentos, actualmente localizado, gracias a la tecnología, bajo otra composición de gran relevancia, La vida (1903), en The Cleveland Museum of Art.

Otro hecho singular de la influencia del arte catalán en Picasso se sitúa en la exposición de Isidre Nonell en la Sala Parés, en enero de 1902, cuando Picasso regresaba a Barcelona en pleno proceso creativo de su «época azul». Como lo detalla Eduard Vallès:

«La exposición de Nonell en la Sala Parés en enero de 1902 se ha convertido, por varios motivos, en un momento liminar en la historia del arte catalán y español. Nonell presentó solamente unas quince telas con (mujeres) gitanas, pero su lectura posterior trasciende la propia muestra, más allá del vapuleo de la crítica y los coleccionistas. Esta exposición ponía a prueba la modernidad barcelonesa y situaba a la sociedad artística ante un espejo […] que no le gustaba en absoluto».

 

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Picasso: cubismo

«Fue justo donde empezó el cubismo». (Gertrude Stein)

 

Varios estudios dan cuenta de la importancia de la forma cónica de la montaña de Santa Bàrbara y del icono que representa en la producción cubista de Picasso. El artista la fotografía y la pinta al óleo varias veces. Tanto es así que la forma de la montaña se apodera del cuerpo de Fernande en los retratos que le dedica el pintor. Picasso envía a los hermanos Stein algunas fotografías del proceso de las obras acabadas y dispuestas en el taller de la segunda planta del panadero Tobies Membrado. Picasso es consciente de que la visión cubista es una interpretación intelectual del paisaje; por ello, lo documenta todo.

Obras cubistas en el taller de Horta, 1909. Museo Picasso de París

 

«Debemos detenernos un poco más a contemplar la producción de Horta, subrayando su carácter progresivamente platónico, en el sentido de que, aquellas casas y aquellos paisajes no nos describen la realidad del pueblo, sino que nos lo subliman. Las paredes y los tejados están hechos de aire, para que podamos pasar a través de ellos, ingrávidos, como si estuviéramos en el Paraíso». (Josep Palau i Fabre)

 

El cubismo en palabras de Picasso

«Para darle una interpretación más sencilla se ha relacionado al cubismo con las matemáticas, la trigonometría, la química, el psicoanálisis, la música y otras tantas cosas. Todo ello ha sido pura literatura, por no decir sandeces (…)». (Pablo Picasso, entrevista con Marius de Zayas).

«Todo el mundo quiere comprender la pintura. ¿Por qué no se intenta comprender el canto de los pájaros?».

«Un taller de pintor debe ser un laboratorio. En él no se realiza un trabajo de imitación, sino que se inventa».

«Cuando empiezas a pintar un retrato y buscas una forma pura, un volumen claro, a través de sucesivas eliminaciones, llegas inevitablemente al huevo».

«Dos agujeros son el signo del rostro, suficiente para evocarlo sin representarlo…».

«¡Fernande! La vi como un rostro de montañas con un fondo de montañas. Le hice un cráneo de aristas rocosas y de facetas luminosas. Me vino muy rápido y muy bien. Es «Cabeza de mujer con montañas al fondo»» .

 

«El cubismo no es distinto de las otras escuelas de pintura. En arte, no hay ni futuro ni pasado».

(Yo Picasso, Jacques Perry)

 

Nuevas evocaciones de Horta

Tal y como afirma Elias Gaston, director del Centre Picasso d’Orta, en una publicación de la Agència Catalana de Notícies de abril de 2023, en los últimos años se han localizado ocho nuevas evocaciones de Horta de Sant Joan en la obra de Picasso, datadas de los años 1901 y 1903. El Centre Picasso tiene la voluntad de tramitar sus correspondientes reproducciones. Las nuevas evocaciones que Picasso realizó de Horta muestran escenas populares, como los toros en la plaza que hay junto a la iglesia, un retrato de la calle, la zona conocida como la Costereta (la “Cuestecilla”) y también un grupo de mujeres en las puertas de misa. Hay otros dibujos de la taberna, donde aparece su propietario –que tuvo una gran relación con el pintor durante su estancia en 1909– tocando la guitarra, el baile de la jota y otras escenas cotidianas –una de ellas en casa de su gran amigo, el pintor Manuel Pallarès.

Estas últimas evocaciones de Picasso sobre Horta se han encontrado en los Estados Unidos, Jerusalén, Suiza, Francia y Alemania. Concretamente, los óleos sobre tela de 1901 se han localizado en el Kunsthaus Zürich (Suiza), en el Museo de Israel (Jerusalén) y en el Fogg Art Museum de Harvard (Estados Unidos); el resto, acuarelas y dibujos a tinta y a lápiz de 1903, se conservan en el Museo Picasso de París (Francia), en Los Angeles County Museum of Art (Estados Unidos), en el Von der Heydt Museum de Wuppertal (Alemania) y en una colección privada de Suiza.

En un antiguo post del año 2020 publicado en nuestra web, Elias Gaston sintetizaba la importancia de Horta para el artista:

«Picasso permaneció en Horta de Sant Joan, que él llamaba Horta d’Ebre, en dos ocasiones. En ambas, el paisaje es fundamental para el joven pintor. Durante su primera estancia, Els Ports tienen una importancia espiritual, primordial en su ánimo. Aquí cabe destacar la presencia de su gran amigo Manuel Pallarès. Durante la segunda, el protagonismo recaerá en otro paisaje: la montaña de Santa Bàrbara. Mientras que, la primera vez, su relación con la montaña es básicamente emocional, la segunda vez será más plástica, ya que entra a formar parte integrante del nuevo estilo que el artista malagueño está desarrollando: el cubismo. En cualquier caso, continúa siendo una relación sentimental porque incorpora en ella a la mujer que ama, su compañera Fernande Olivier».

 

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Picasso: exilio

«Cada uno con sus propios medios ha de dar lo mejor de sí mismo en el combate por la paz. Yo lucho con mi pintura».

 

Es sabido por todos que la Guerra Civil marcó profundamente la trayectoria de Picasso y que su arte fue bandera de la causa progresista y republicana desde el exilio. Pese a la discreta posición que mantuvo en la Francia ocupada por los nazis, cabe remarcar su labor solidaria.

En 2011, el Museo Picasso de Barcelona organizó una exposición sobre esta temática que pone de manifiesto interesantes conexiones de la obra picassiana de la época:

«La exposición toma como punto de partida los grabados Sueño y Mentira de Franco que Picasso realizó en 1937. Precursores conceptuales y formales del Guernica, estos grabados fueron también símbolos de la comprometida postura política que asumió el artista durante la Guerra Civil española. 

»Además de la lectura inevitablemente política de esta obra, en la muestra se establece un diálogo entre los elementos iconográficos que componen las viñetas de los grabados y los de obras de otros artistas, desde Goya hasta creadores de mediados del siglo XX».

En efecto, en otoño de 1936, el genio acepta simbólicamente el cargo de director del Museo del Prado y pintará una gran tela para el pabellón español de la Exposición Universal de 1937: Guernica. Picasso hizo la primera declaración política:

«La guerra de España es la batalla de la reacción contra el pueblo, contra la libertad. En […] Guernica, y en todas mis últimas obras, expreso claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha sumido a España en un océano de dolor y muerte».

 

Al fondo, mural La dépouille du Minotaure en costume d’Arlequin (Los despojos del Minotauro con traje de Arlequín). Diario El Mundo (15 marzo 2019)

Picasso hizo considerables donaciones para los exiliados españoles que sufrían en los campos de concentración en las playas francesas sin agua potable, durmiendo al raso y pasando hambre. Asimismo, hizo aportaciones a hospitales como el de Toulouse. En el año 1965, donó un gran mural a la ciudad con motivo de la muestra sobre Picasso y el teatro (La dépouille du Minotaure en costume d’ArlequinLos despojos del Minotauro con traje de Arlequín). La obra había sido encargada por el gobierno francés con ocasión de la primera fiesta nacional del Frente Popular en 1936. En Francia, igualmente ayudó a muchos artistas refugiados y a varias asociaciones de exiliados.

 

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Picasso: Horta 1909

En junio de 1909, Picasso vuelve a Horta. En esta ocasión, lo acompaña Fernande Olivier, modelo de pintores en París, su pareja y musa. En este segundo período, su objetivo es claro: trabajar en el desarrollo de un nuevo estilo. Lleva consigo una cámara como herramienta indispensable para documentar un paisaje conocido y de feliz recuerdo, el de los ocho meses que permaneció diez años atrás.

Gracias a la correspondencia que mantuvo con Gertrude Stein y Alice B. Toklas, sabemos que Fernande Olivier causó gran sensación en el pueblo de Horta por su moderna manera de vestir y sus costumbres avanzadas, como jugar al dominó en el café o bailar hasta altas horas de la madrugada: «Siempre juego al dominó y escandalizo a la población femenina con mis chales de colores». También contaba que hacían excursiones con sus amigos y que Picasso se iba con ellos de caza. El artista pasa intensas jornadas de trabajo en soledad; Fernande se queja y cuenta que ha de buscarse distracciones varias con los lugareños. Detalla que participan de las tradiciones populares, como el baile de jotas por San Juan. Describe a personajes curiosos; incluso llega a aprender catalán.

Las fotografías que Picasso saca en Horta se pueden englobar en tres grandes temas: personajes, paisajes y el taller con pinturas. Sus paisajes de Horta y Els Ports ya forman parte del patrimonio artístico universal, y su reportaje fotográfico de 1909 recoge un patrimonio perdido inestimable: las casas, con la alberca que aparece en una de las obras cubistas más reconocidas del artista; el molino de aceite; el retrato de la dueña del Hostal del Trompet (donde se alojaba la pareja); el propietario del café de Vives (donde pasaban el rato haciendo tertulia, cantando y jugando al dominó) o los guardias civiles vestidos de gala que los custodiaban (probablemente para Corpus).

 

Anecdotario

  • Lo que menos ha trascendido son las cartas que Fernande Olivier escribió desde Horta de Sant Joan a sus amigas; cartas que son un tesoro porque captan hasta qué punto Fernande Olivier quedó sorprendida e impactada por la vida en el pueblo. El miedo que le daban los gritos del sereno por la noche o el «tonto» del pueblo que se enamoró de ella son solo algunas de las historias que se relatan. Gran parte de dicha correspondencia se encuentra en la universidad de Yale (Beinecke Library), en los Estados Unidos, e iba dirigida a Gertrude Stein y su compañera Alice B. Toklas.
  • En una de sus cartas, Fernande Olivier describe lo que se hacía en Horta en 1909: «La noche de San Juan encendimos hogueras por todos los rincones del pueblo. En la plaza, al son de un tambor y una flauta, los chicos y chicas del pueblo bailaron jotas. Es un baile un poco monótono y, sin embargo, muy divertido porque todos los jóvenes iban un poco bebidos». Eso no es todo, porque Fernande Olivier tenía tanto éxito entre los parroquianos que se convirtió en el centro de atención y Picasso hacía lo que podía: «Un hombre de aquí quería, sí o sí, que bailara con él, a pesar de mis negativas. Insistía en acompañarme y, cuando lo rechacé por última vez, le dijo a Pablo que antes prefería bailar una sola vez conmigo que encontrarse dos duros, es decir, diez pesetas. Es para no dudar de mi encanto».
  • La cámara de fotos de Picasso dio mucho que hablar en Horta en 1909. Testigos locales decían recordar tan solo tres objetos de la estancia del artista en el pueblo: que Picasso llevaba un billete de mil, una pistola y una cámara de fotos. Tres cosas que no eran muy habituales en la época. Su compañera por aquel entonces, la francesa Fernande Olivier, también hablaba de la cámara. En una de sus cartas a su amiga Alice B. Toklas, comenta: «Olvidaba decirte que aquí nos han tomado por fotógrafos, gracias a la cámara de fotos que Pablo utiliza egoístamente y que apenas sabe usar. Todo el pueblo está disfrutando retratándose con la expresión que tienen en ese momento. Y así se gana una buena reputación, Nos han llegado a decir que Pablo podría ganar mucho dinero sacando fotografías de la gente del pueblo».
  • Picasso necesitaba un espacio para pintar y no había sitio en el Hostal del Trompet. El panadero Tobies Membrado, que vivía sobre los soportales de la Plaça de Missa (Plaza de Misa), le cedió una habitación donde instaló su taller. Tras el verano, en el momento de la despedida, Picasso le regaló dos obras cubistas y unas botas de cuero en agradecimiento. Y Tobies le dijo: «Chaval, pintando así te vas a morir de hambre, pero no te preocupes, que si vienes a mi casa no te faltará el pan caliente».
  • A principios de septiembre, cuando tenían que irse, Fernande escribió a G. Stein  valorando mucho la estancia en Horta y a su gente: «Dejaremos Horta en diez días y toda la gente del pueblo está muy triste. Pero volveremos el año que viene con ustedes y será mejor. Me gusta este país […]. Estoy segura de que ustedes compartirán mi emoción cuando lo vean. No se puede comparar con Gósol. La gente es muy amable. Los cazadores me traen lo que han cazado, las mujeres y los niños me regalan fruta y verdura. Otras mujeres me hacen pasteles. […] Es sorprendente, soy más simpática con la gente de aquí que con la de París».

 

Fotografía de Horta de 1909, que inspiró el cuadro La alberca.
Museo Picasso de París

Guardias civiles de gala, 1909. Museo Picasso de París

 

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Picasso: vocación

«Nunca serás un genio, a menos que trabajes como una mula».

Nacido en 1881 en el seno de una familia de origen malagueño, Pablo Picasso fue un niño precoz que pintó su primer cuadro con 8 años. Su padre era pintor, de mentalidad muy rígida y defensor de la tradición academicista. 

En 1891 la familia se trasladó a La Coruña por el trabajo del padre y el genio estudió en la Escuela de Bellas Artes. A partir de 1895, recibió formación artística oficial en la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX cuando su padre obtuvo plaza de profesor numerario de dibujo de figura de la Escola la Llotja (lonja). A la sazón, el joven Picasso aprobó los exámenes de ingreso y accedió a los cursos superiores. 

En 1897 se trasladó a Madrid, donde continuó estudiando en la Academia San Fernando, pero no encontró un ambiente creativo adecuado para poder desarrollar sus ideas modernas y volvió un tanto desanimado y enfermo. Su padre, sin embargo, le había inculcado una disciplina militar que él nunca abandonó: no hay talento que evite el sacrificio y la inspiración te tiene que pillar trabajando. «Los demás hablan, yo trabajo», decía Picasso. Su padre no estaba de acuerdo con el camino que estaba tomando en lo artístico y le pareció buena idea que pasara un tiempo en el campo, mientras se curaba de la escarlatina, con un amigo y compañero de la Llotja, Manuel Pallarès, originario de Horta (Tarragona), que era un poco mayor y seguía los cánones del padre de Picasso.

Picasso en Els Ports: Horta, verano de 1898

«No se puede ir en contra de la naturaleza. Es más poderosa que el más fuerte de los hombres».

El verano de 1898, Picasso se instaló en Horta de Sant Joan (en aquel tiempo, Horta), acogido por la familia de su amigo Manuel Pallarès. Aquel período rodeado de las montañas de Els Ports y la forma de vida rural marcaron para siempre su vida y la evolución de su obra. Descubrió la felicidad de pintar en estado puro, sin prisas ni normas, en total comunión con la naturaleza.  

La aventura comenzó con el trayecto a Horta desde Tortosa, adonde él y su amigo habían llegado en tren. Fueron cuarenta kilómetros de ruta en mula y a pie. Una nueva experiencia para un joven que sólo había vivido en ciudades. Al llegar, visitaron el mas (finca) propiedad de la familia Pallarès en Els Ports, ya que era época de siega, y debieron de estar más de un día, puesto que se conservan bocetos y óleos del pintor, como Mas de Tafetans. Acto seguido, decidieron pasar unos días en la montaña de Santa Bàrbara, situada frente al pueblo, y durmieron en una gruta, la coveta dels Ullals (colmillos) de Morago (ahora conocida como Cueva Picasso). Esta montaña causó una gran impresión visual al pintor y, diez años más tarde, se convirtió en el «icono del cubismo geométrico». El cuaderno de Picasso retornó lleno de bosquejos del convento de Sant Salvador y de las ermitas diseminadas por la montaña. De ahí también surgió el cuadro Procesión al convento.

Más adelante, aún en verano, decidieron trasladarse a Els Ports y quedarse todo un mes para pintar cada uno un gran cuadro. Se instalaron en la cueva y solían pasar cerca del mas de Quiquet adonde, a veces, iban a pedir comida. Picasso dedicó un cuadro a esta finca. Asimismo, dibujó con profusión los árboles, las cabras, los burros y los paisajes del lugar.

Anecdotario

  • Gracias a la pluma del poeta, crítico y estudioso de Picasso, Josep Palau i Fabre, conocemos los detalles de aquel primer viaje en 1898, como, por ejemplo, la vida «primitiva» que llevaron Picasso y su amigo de Horta, Manuel Pallarès, durante la temporada que decidieron pasar en una cueva de Els Ports. Cuenta Palau i Fabre: «Durante este período, llevaron una vida realmente primitiva. Por la mañana, lo primero que hacían era ducharse, aprovechando un cercano salto de agua de dos metros y ayudándose de una cazuela para echársela por cabeza y cuerpo, primero uno, luego el otro». También sabemos que tenían poco que llevarse a la boca y que pasaron algo de hambre. «A menudo, cuando no dibujaban, se dedicaban a buscar fósiles y también, naturalmente, a recoger leña añade Palau i Fabre. La tortilla de cebolla y las patatas al rescoldo eran sus viandas favoritas en plena vida salvaje».
  • Los dos amigos pidieron al padre de Picasso que les enviara dos grandes telas por medio de un arriero. El día que buscaban un buen sitio para trabajar, mientras cargaban los útiles de pintura, Picasso resbaló por un sendero estrecho y cayó rodando. Más abajo había una profunda corriente de agua, cerca del río Estrets, y no sabía nadar. Pallarès lo rescató justo a tiempo. Años más tarde, Picasso le seguía recordando que le había salvado la vida, y su amigo bromeaba diciendo que «había que salvar todo el material…». Un mes más tarde, perdieron gran parte del trabajo realizado por culpa de una fuerte tormenta.
  • La temporada en Els Ports reportó a Picasso muchos aprendizajes: conocimientos sobre los oficios del entorno rural (pastores, leñadores, campesinos, entre otros muchos), sobre animales domésticos y salvajes, flora y fauna en general, cocina tradicional; y habilidades como hacer una hoguera o usar el cuchillo para tareas manuales (de hecho, se llevó uno consigo como un tesoro y se lo enseñaba a todo el mundo)… Al volver al pueblo, a menudo visitaba a los artesanos: al carpintero, al herrero… Un día, incluso, ¡ayudó a su amigo y su padre a cargar estiércol en los serones de un burro!  

Finalmente, se quedó ocho meses. El estado de plenitud física y creativa que alcanzó en esa época de experiencias apasionantes es el que, años más tarde, lo llevó a afirmar su conocida frase «Todo lo que sé, lo he aprendido en Horta». Josep Palau i Fabre, en su obra Picasso vivo, 1881-1907, lo describe perfectamente: «Horta representó por mucho tiempo en su vida —quizá por siempre— el Paraíso perdido, ese paraíso perdido que casi todo el mundo, de una forma u otra, lleva dentro»».

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