Paisajes que se viven

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Cabras, pastos y oficios

La cabra fue un elemento recurrente en la obra artística de Picasso, tanto en pintura como en escultura. Durante su primera estancia en Els Ports, el artista mantuvo una estrecha relación con los pastores. La ganadería era uno de los pilares de la vida en la zona y, de hecho, el símbolo de la cabra se puede observar en algunos escudos del convento de Sant Salvador. 

A Picasso le gustaba mucho convivir y tratar con la gente del pueblo, así como ejercer sus oficios: cerrajero, albardero, alpargatero o labrador. Aprendió a hacer un nudo corredizo, ensillar un mulo, sacar agua, beber a gollete… 

La gran extensión de campos de cultivo que existe en la actualidad nos hace imaginar el mundo rural en el que vivió Picasso; también podemos conocer la vida de la época visitando el Ecomuseo de Els Ports.

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Cafeteros y tertulias

Picasso frecuentaba dos cafés en el pueblo, Casa Pessetes y el Cafè de Joaquín Antonio Vives, que actualmente alberga una ferretería. 

Durante la segunda estancia del artista en Horta, en el verano de 1909, y en compañía de Fernande Olivier, su musa, Pablo Picasso compartió tertulia y partidas de dominó con sus amigos del café de Vives: Manelet Garcia, Joaquín y Tobies Membrado, Nicolau Amposta y Joaquín Antonio Vives, músico y propietario del café, sin olvidar a su gran amigo Manuel Pallarès. Picasso y Fernande se alojaron en el Hostal del Trompet, muy cerca de la casa de Tobies Membrado, situada en la plaza Major y en cuya buhardilla el artista instaló un improvisado estudio aquel verano.

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Caldereros

En la genealogía de Antoni Gaudí i Cornet encontramos artesanos del oficio de calderero por parte de madre y padre. La familia paterna procedía de Riudoms, donde tenía una pequeña propiedad rural, el Mas de la Calderera (declarado Bien Cultural de Interés Local en 1993), que se abastecía de agua por una mina y donde se cultivaba huerta y viña; por ello, la familia iba a menudo cuando Gaudí era un niño. 

Sus padres se instalaron enseguida en Reus, en una casa de la calle de Sant Vicenç, donde tenían un taller de calderería. Del mundo del artesanado, sin duda, el artista aprendió el esfuerzo, la constancia y el rigor en el trabajo manual desde la infancia, así como los cálculos, las medidas y la transformación de los materiales y superficies en volúmenes, lo que impulsó su imaginación espacial, básica en arquitectura. Acumuló dichas aptitudes, así pues, por herencia.

Según su biógrafo y también arquitecto Cèsar Martinell, así lo contaba el mismo Gaudí: «Tengo la cualidad de ver el espacio, porque soy hijo, nieto y biznieto de caldereros. Mi padre era calderero; mi abuelo, también; mi bisabuelo, también; en casa de mi madre eran caldereros; su abuelo era botero (que es lo mismo que calderero); un abuelo materno era marinero, que también son personas de espacio y de situación. Todas estas generaciones de personas de espacio dan una preparación. El calderero es un hombre que de una plancha plana da un volumen. Antes de comenzar el trabajo tiene que haber visto el espacio. Todos los grandes artistas del Renacimiento florentino eran cinceladores, que también crean volúmenes de un plano; aunque los cinceladores no se separan mucho de las dos dimensiones. Los caldereros abrazan las tres, y esto crea, inconscientemente, un dominio del espacio que no todos poseen».

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Campesinos y aparceros

Joan Miró convive con los campesinos, se impregna de su sabiduría, comparte su mesa, escucha sus historias, observa cómo trabajan la tierra o qué herramientas usan y qué objetos les rodean. Se conservan, incluso, notas de trabajo fruto de la observación del artista en que se describen las labores de campesinos y aparceros y se precisan todas las labores del campo y los ciclos del año agrícola, detalles que son introducidos en sus obras: «Carros que pasan con un macho y un perrito, ruido de ruedas (sin gomas) y patadas de machos, pedir a Eugeni que labre con macho y arado de vertedera…».

En Mont-roig, Miró camina mucho y observa los terrenos rústicos y los campos labrados: algarrobos y olivos, viñas de retorcidas cepas, los perfectos surcos paralelos de la tierra labrada, campos de cereales resplandecientes y huertos cultivados con cañas de tomateras y judía verde, regados por norias y albercas. En definitiva, el trabajo sabio de los campesinos, grandes conocedores de la tierra, de mejillas curtidas por el sol y atentos siempre al cielo y sus señales. En una de sus cartas a Lola Anglada (7-8-1915), Miró describe: «He llegado nuevamente a esta tierra de luz y mar, de campesinos de mejillas coloradas, fuertes como estas montañas, y barcas con las velas muy blancas que sacan peces de muchos colores…».

«Considero mi taller como un huerto», dice Miró. El artista compara sus obras con las verduras: para que crezcan, se tiene que decidir cuándo regarlas o podarlas. Miró trabaja como un hortelano, como un viñatero. Miró aprende, de su contacto con la tierra y del trabajo de los granjeros, que las cosas vienen poco a poco, lentamente, a fuerza de trabajarlas. Como su vocabulario de formas y símbolos, que se formó casi a pesar suyo, sin una voluntad concreta por parte del artista.  En el campo, las cosas siguen su curso natural: crecen y maduran, igual que el espíritu de Miró. 

En resumen, su relación con los aparceros siempre fue muy cercana y familiar, de confianza mutua y apoyo constante. Tanto es así que, según la anécdota, el genio aprendió a freír un huevo con Adelaida Castellnou, a quien precisamente retrató en el cuadro La masovera (La aparcera).

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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Castellers

Cabe recordar que Pau Casals colaboró toda su vida con las entidades culturales de El Vendrell, incluso con apoyo económico. Por ejemplo, financió la confección de los trajes del Ball de Diables (Baile de diablos*) de la ciudad. 

Mención aparte merecen los castells (torres humanas), que amaba profundamente. Él mismo, de pequeño, hacía sus primeros pinitos en la disciplina en la playa de Sant Salvador y había presenciado jornadas castelleras durante la fiesta mayor en la plaza Vella de la ciudad. El esfuerzo y la hermandad, el arrojo y el equilibrio de los castells eran para Pau Casals el símbolo viviente de las sólidas virtudes de su pueblo. El músico fue uno de los fundadores del Concurs de Castells de Tarragona y formó parte del jurado. Del mismo modo, siempre mantuvo una vinculación con la agrupación de los Nens del Vendrell.

En la percepción de Casals, tanto los castells como una orquesta son el resultado de un trabajo cooperativo fruto de un liderazgo de equipo en que es necesario el ejercicio constante de la solidaridad y del esfuerzo en colectividad, sin menoscabo del trabajo distintivo de cada individuo: «Los castells se sienten como un impulso atávico, profundo, de fuerza casi religiosa, que incita a los hombres de nuestra comarca a levantar torres humanas que se alzan hacia el cielo. Yo mismo los he practicado, de pequeño en la playa de Sant Salvador, y toda mi vida he llevado en mi corazón el deseo ferviente de colaborar. El esfuerzo y la hermandad, el arrojo y el equilibrio de los castells son el símbolo viviente de las sólidas virtudes de la estirpe catalana».

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Comerciantes

Además de sus vivencias en el paisaje urbano de Reus, cabe destacar la influencia que tuvo en Gaudí el paisaje humano de una ciudad que, en su época y hasta mediados del siglo XX, fue mitad urbana, mitad campesina, abierta al campo y al mar, en un territorio del Camp de Tarragona rodeado de montañas. Reus era una confluencia de caminos «abierta a la condición humana en movimiento y actividad». Todo el mundo acudía a vender productos de la tierra de diversa índole y a abastecerse; al cercano puerto de Salou llegaban muchos barcos a cargar mercancías (aceite, almendras, avellanas, vino y aguardiente) y descargar otros productos, como pesca salada, café o cacao. De hecho, el comercio no se limita a la compraventa de bienes, sino que constituye un intercambio de ideas y sentimientos, la comunicación entre personas. Así pues, la gente de mar y los comerciantes influyeron en el mundo creativo de Gaudí, sin olvidar al resto de oficios del mundo rural

Por otro lado, Cèsar Martinell, discípulo de Gaudí, en referencia al comercio, afirmaba: «La arquitectura es plástica, ya que consiste en situar, como la política y el comercio. La arquitectura sitúa masas constructivas que distribuyen fuerza; es mejor político quien se hace cargo de la situación de las masas y fuerzas sociales; y el comercio no hace más que trasladar mercancías […] y situarlas en las mejores condiciones de venta. Quien es capaz de ver las cuestiones políticas y comerciales también ve la plástica».

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Comerciantes – Sastrería Queralt

Joan Miró era un hombre de costumbres y había dos lugares clave de la ciudad de Reus que  gustaba de visitar asiduamente: la plaza Prim y la sastrería Queralt. 

En noviembre de 1973, el Daily News de Washington alababa el buen gusto de Miró para vestir. El artista encargaba sus trajes de temporada en la sastrería Queralt de Reus, que le había recomendado Joan Prats, amigo y sombrerero que regentaba una tienda en la Rambla de Cataluña, 54, de Barcelona. Ya en las décadas de 1950 y 1960, Miró frecuentaba Reus para hacer sus compras y su punto de reunión era la sastrería, situada en la calle Monterols, 35, junto a la plaza Prim. En aquel establecimiento, el artista hallaba su refugio de discreción hecho a medida (nunca mejor dicho). De una elegancia avalada por numerosas celebridades y artistas, la sastrería llegó a sumar una trayectoria de 110 años de historia, hasta el año 2018, en que cerró por falta de relevo generacional. En el primer piso de la tienda, donde habían llegado a coser ochenta personas, existía una sala dedicada a Miró con cartas, dibujos y postales que el artista enviaba a su sastre, Francesc Queralt, originario de Valls.

Miró era un hombre muy presumido, tal y como lo definían su propia esposa y su nieto. También Josep Pla lo describía con detalle en sus Retrats de passaport (Retratos de Pasaporte) (1970) y comentaba el origen del apodo Marqués de Mont-roig que le adjudicaron sus amigos de París, por ir tan elegantemente vestido en aquel ambiente bohemio: «Vestía muy bien… parecía que acababa de salir de una caja. No creo que hubiera en Montparnasse un artista que pusiera tanto mimo en su aspecto externo e indumentaria… Era un pequeño mundo en el que todos, hombres y mujeres, se vestían como podían, es decir, de cualquier manera. Miró, no. Era una nota discordante, pero no creo que Miró la practicara… para distinguirse. Miró creía que tenía que vestir de forma admirable, y así lo hacía con perfectísima naturalidad».

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

Mostassafs

La tarea de un mostassaf consistía en velar por que las proporciones en compras y ventas en el mercado fueran correctas, en una época en la que aún no existían normas de etiquetado. El mostassaf certificaba que la cantidad de leche, grano, harina, legumbres y otros productos coincidiera con lo que el vendedor anunciaba. Con las balanzas siempre a mano, era el árbitro de las proporciones y tenía que dominar las operaciones básicas de cálculo. Es posible que Francesc Gaudí Serra transmitiera parte de estos conocimientos, que dominaba, a su hijo Antoni y le enseñara que, en cada casa, había un barreño, un cesto, un saco, unas pesas, un vaso o un plato para medir cada producto y saber exactamente qué se compraba. Cada alimento tenía su sitio y su propio recipiente.

Asimismo, cabe recordar que la profesión de mostassaf tenía un evidente componente social, ya que, quien la ejercía, se hallaba en el centro de las transacciones económicas en la plaza del mercado (en el caso de Riudoms, la plaza de la Iglesia).

Muy probablemente, el oficio paterno de mostassaf propiciaría que los cálculos matemáticos fueran habituales en casa de Antoni Gaudí desde su más tierna infancia. Además, sabemos que la observación directa de los pesos le llevó a crear soluciones técnicas tan revolucionarias por su sencillez como los arcos catenarios.

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Pescadores y campesinos

Ésta es tierra de vendimiadores y pescadores que conviven mientras duran las intensas labores de la vendimia o la pesca en alta mar. Casals sentía gran respeto y profesaba admiración por los oficios artesanales, que desde niño había observado de cerca. Ya de adulto, cuando volvió a El Vendrell, siguió manteniendo el contacto con ese entorno, sobre todo con los pescadores, a quienes compraba guijarros a cambio de unos céntimos; elementos naturales con los que decoró el suelo del mirador de Vil·la Casals.

 «Por las mañanas, a veces me despertaba el sonido de las alboradas que cantaban los del pueblo —pescadores y viñateros— cuando iban a trabajar. Otras veces, por la tarde, había bailes en la plaza y, de vez en cuando, festivales en los que tocaba la gralla (tipo de dulzaina)».

A lo largo de su trayectoria, Casals llegó a relacionarse con muchas personalidades de fama mundial, pero también hablaba con los pescadores de Sant Salvador de El Vendrell, de quienes proclamaba su sabiduría y decía haber aprendido cosas muy importantes de la vida. Por ejemplo, recordaba con afecto las enseñanzas de un viejo lobo de mar, Pau de la Senda, vigilante de la ermita del barrio marinero, que le enseñó, incluso, a nadar.

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