Paisajes que se viven

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Campesinos y aparceros

Joan Miró convive con los campesinos, se impregna de su sabiduría, comparte su mesa, escucha sus historias, observa cómo trabajan la tierra o qué herramientas usan y qué objetos les rodean. Se conservan, incluso, notas de trabajo fruto de la observación del artista en que se describen las labores de campesinos y aparceros y se precisan todas las labores del campo y los ciclos del año agrícola, detalles que son introducidos en sus obras: «Carros que pasan con un macho y un perrito, ruido de ruedas (sin gomas) y patadas de machos, pedir a Eugeni que labre con macho y arado de vertedera…».

En Mont-roig, Miró camina mucho y observa los terrenos rústicos y los campos labrados: algarrobos y olivos, viñas de retorcidas cepas, los perfectos surcos paralelos de la tierra labrada, campos de cereales resplandecientes y huertos cultivados con cañas de tomateras y judía verde, regados por norias y albercas. En definitiva, el trabajo sabio de los campesinos, grandes conocedores de la tierra, de mejillas curtidas por el sol y atentos siempre al cielo y sus señales. En una de sus cartas a Lola Anglada (7-8-1915), Miró describe: «He llegado nuevamente a esta tierra de luz y mar, de campesinos de mejillas coloradas, fuertes como estas montañas, y barcas con las velas muy blancas que sacan peces de muchos colores…».

«Considero mi taller como un huerto», dice Miró. El artista compara sus obras con las verduras: para que crezcan, se tiene que decidir cuándo regarlas o podarlas. Miró trabaja como un hortelano, como un viñatero. Miró aprende, de su contacto con la tierra y del trabajo de los granjeros, que las cosas vienen poco a poco, lentamente, a fuerza de trabajarlas. Como su vocabulario de formas y símbolos, que se formó casi a pesar suyo, sin una voluntad concreta por parte del artista.  En el campo, las cosas siguen su curso natural: crecen y maduran, igual que el espíritu de Miró. 

En resumen, su relación con los aparceros siempre fue muy cercana y familiar, de confianza mutua y apoyo constante. Tanto es así que, según la anécdota, el genio aprendió a freír un huevo con Adelaida Castellnou, a quien precisamente retrató en el cuadro La masovera (La aparcera).

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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Comerciantes – Sastrería Queralt

Joan Miró era un hombre de costumbres y había dos lugares clave de la ciudad de Reus que  gustaba de visitar asiduamente: la plaza Prim y la sastrería Queralt. 

En noviembre de 1973, el Daily News de Washington alababa el buen gusto de Miró para vestir. El artista encargaba sus trajes de temporada en la sastrería Queralt de Reus, que le había recomendado Joan Prats, amigo y sombrerero que regentaba una tienda en la Rambla de Cataluña, 54, de Barcelona. Ya en las décadas de 1950 y 1960, Miró frecuentaba Reus para hacer sus compras y su punto de reunión era la sastrería, situada en la calle Monterols, 35, junto a la plaza Prim. En aquel establecimiento, el artista hallaba su refugio de discreción hecho a medida (nunca mejor dicho). De una elegancia avalada por numerosas celebridades y artistas, la sastrería llegó a sumar una trayectoria de 110 años de historia, hasta el año 2018, en que cerró por falta de relevo generacional. En el primer piso de la tienda, donde habían llegado a coser ochenta personas, existía una sala dedicada a Miró con cartas, dibujos y postales que el artista enviaba a su sastre, Francesc Queralt, originario de Valls.

Miró era un hombre muy presumido, tal y como lo definían su propia esposa y su nieto. También Josep Pla lo describía con detalle en sus Retrats de passaport (Retratos de Pasaporte) (1970) y comentaba el origen del apodo Marqués de Mont-roig que le adjudicaron sus amigos de París, por ir tan elegantemente vestido en aquel ambiente bohemio: «Vestía muy bien… parecía que acababa de salir de una caja. No creo que hubiera en Montparnasse un artista que pusiera tanto mimo en su aspecto externo e indumentaria… Era un pequeño mundo en el que todos, hombres y mujeres, se vestían como podían, es decir, de cualquier manera. Miró, no. Era una nota discordante, pero no creo que Miró la practicara… para distinguirse. Miró creía que tenía que vestir de forma admirable, y así lo hacía con perfectísima naturalidad».

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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