Miró: vocación
«El arte puede morir; lo que cuenta es que haya esparcido sus semillas por la tierra».
Joan Miró ha pasado a la historia como un artista total que abarcó todo: pintura, escultura, cerámica, grabado, poesía y música. De pequeño trazaba líneas y círculos inspirados en la naturaleza y las constelaciones que germinaron y dieron lugar a un estilo que lo convertiría, años más tarde, en uno de los artistas más importantes del siglo XX. Para Miró, el arte significaba abrir una ventana al mundo, compartir experiencias y hablar un lenguaje universal.
En sus inicios como artista, Miró se inspiraba mayormente en los paisajes rurales que lo marcaron: el Camp de Tarragona (con Mont-roig como centro neurálgico) y los pueblos del Priorat. A su primer biógrafo y amigo Jacques Dupin (1961), le dijo: «No me siento identificado con el niño que en Barcelona iba a misa solemne vestido de gala. Me siento más identificado con el niño que dibujaba en Cornudella o Palma. Lo que más recuerdo de mi primera comunión es el miedo que tenía la noche de antes por si me había olvidado de algún pecado en la confesión y Dios me castigaría». Cuando Dupin preparaba su monografía, Miró lo llevó a visitar la tierra de su infancia y de sus primeras pinturas, y así lo relata: «Recorrimos los pueblos montañosos que había pintado a menudo en sus primeras telas, Siurana, Prades, Cornudella. Nada, o casi nada, había cambiado desde la infancia del pintor… En Cornudella, la casa del herrero era, con su simplicidad y pobreza, tal y como Miró la había conocido. Aún se veía la marca de la herradura que servía de rótulo, así como la de los hierros para marcar el ganado que el herrero probaba en la madera de la puerta».
La familia Miró vivía en una casa humilde de la calle de la Creu y tenía una parcela cultivada no lejos del viaducto de la Fonteta. Sus padres pensaban que la vida en el campo le iría bien para animarlo, ya que era un niño desganado en la ciudad. Por ello, allí pasaban todos los veranos. La vida rústica representó un estímulo que forjó su humor afilado entre juegos de chicos. Como parte de sus fetiches, Miró siempre conservó una piedra de Cornudella.
A Miró le gustaban las cosas sencillas y naturales. Según Pere A. Serra (1984), así decía: «Me podía pasar horas enteras contemplando el vuelo de las moscas o de las libélulas o de las golondrinas. Me gustaba mirar a los gorriones cuando comían. Me entretenía contemplando la forma de las piedras, los guijarros. Realmente, lo que me hacía feliz era centrarme en cosas sin importancia. Me divertían mucho los siurells (figurilla de barro con un silbato incorporado típica de Mallorca). Los descubrí en Mallorca. La artesanía es el arte, el arte más puro». Estas figurillas de barro que a menudo representan animales fantásticos siguen ocupando hoy en día un lugar destacado en los talleres del genio (Mont-roig y Mallorca). Sobre estas piezas de artesanía, el autor de la biografía más completa sobre el genio, Josep Massot (2018), afirma: «Su relación de colores es fundamental en Miró; sobre el fondo blanco de la escayola, manchas de colores básicos: rojo-verde, rojo-amarillo, a veces azul-amarillo, otras rojo, verde y amarillo».
Pero el camino no fue nada fácil para el joven Miró. El artista cuenta en primera persona la oposición de sus padres a su voluntad de dedicarse a la pintura y el sufrimiento que le representaba tener un trabajo de oficina. Su traslado a la finca de Mont-roig fue motivada, finalmente, por razones de salud.
«El motivo de mi traslado a Mont-roig fue que yo quería ser pintor y, naturalmente, tuve una oposición muy cerrada de mis familiares; me obligaron a hacer de lo que entonces se llamaba meritorio de un despacho. Meritorio era un aprendiz de escribiente. Iba a una gran droguería, a Dalmau-Oliveras, que aún existe. Allí pasé tres años, ¡como si estuviera en una cárcel a trabajos forzados! Era terrible. Tenía un horario de ocho de la mañana hasta la noche, y nada de vacaciones. Todo aquello me produjo una depresión nerviosa que derivó en lo que se decía unas fiebres de Barcelona. En la época, estas cosas se medicaban de un modo distinto a como se hace ahora. Estuve un mes en cama sin comer apenas.
»Hacía un tiempo que mi padre había comprado el Mas d’en Ferratges en Mont-roig, e iba con frecuencia para organizar la finca. Por consejo del médico, decidieron llevarme a Mont-roig. Recuerdo muy bien que en aquella época cogimos un taxi para ir a Mont-roig; era como coger un avión. Me repuse rápidamente. Al cabo de quince días ya iba a pie desde el pueblo hasta la ermita».
Con anterioridad, en sus cartas a la familia, Miró ya manifestaba su determinación a ser artista y pedía la aprobación de sus padres:
«He pasado 2 años prisionero en un despacho, donde he hecho el sacrificio de no poder admirar las grandes bellezas de la naturaleza que à mi me tienen enamorado.
»Me he dedicado al comercio, sin tener ninguna vocación por él, solo dejándome guiar por Vdes, que no conocen bien à fondo mis verdaderas aspiraciones y yo, por otra parte, sin háber consultado antes mi corazón, y no escuchando la voz de mi conciencia de que llamaba por la pintura para la cual he nacido.
»Renuncio, pués, à mi vida actual para dedicarme à la pintura.»
Según el artista refirió a Josep Melià, en Mont-roig sanó inmediatamente: «El paisaje me produjo un enorme impacto, pero no crea que mis padres se convencieron fácilmente. Mi padre era muy estricto, muy duro, pero se convenció de la inutilidad de sus esfuerzos». Su padre acabó diciendo que con aquel «bicho» no había nada que hacer y que «allá él».
