surrealisme miró

Miró: surrealismo

En sus cartas a Josep F. Ràfols, Joan Miró afirma (en referencia a una brizna de hierba): «Salvo los primitivos y los japoneses, casi todo el mundo desprecia algo tan divino. Todos buscan y pintan sólo las grandes masas de árboles o montañas sin sentir la música de las pequeñas hierbas y pequeñas flores y sin hacer caso de las pequeñas piedras de un barranco —graciosamente—… Cada día siento más la necesidad de una gran disciplina —único camino para llegar a hacer obra clásica (a lo que debemos tender —clasicismo en lo que sea—)».

Sobre la pintura japonesa, en los cuadros Siurana. El camino y Ermita de Sant Joan d’Horta (ambas de 1917), la crítica ve influencias del pintor Kunitora Utagawa (siglo XIX), de quien Miró tenía una colección de láminas. Con posterioridad, lo marcarán también la cultura zen y sus dos trascendentales viajes a Japón en la década de 1960.

Miró desconfía de quienes no pintan al natural, de quienes no tienen la fuerza creadora para presentar un paisaje resuelto correctamente: «No creo en los que buscan nombres a escuelas que dicen inventar. Siento odio por todos los pintores que quieren teorizar. Los grandes impresionistas obraron deslumbrados ante la luz —por impulso. Cézanne, impulsivamente. Picasso, impulsivamente. Camino único, arrollador, el impulso del gran motor espiritual, de los elegidos».

En sus notas de trabajo o entrevistas posteriores, encontramos, por otro lado, afirmaciones que encaminan al artista a la investigación de las nuevas líneas del arte:  «Quería pintar un paisaje de Mont-roig, pero ahora no siento la necesidad de hacerlo; lo que puedo hacer es, en mi próximo autorretrato, un no-paisaje, con elementos humanos que recuerden el paisaje de aquí y se metamorfoseen». «La disciplina del cubismo también ha sido importante para mí, es el cubismo el que me ha enseñado la estructura de un cuadro». (Entrevista con James J. Sweeney).

Picasso y Braque iniciaron el cubismo y París se convirtió en el centro del mundo del arte cuando se fundó la pintura surrealista, pero Miró nunca se sintió identificado con marca alguna. «Yo soy yo», decía. «Todo objeto o manifestación colectiva me repugna tanto como me podría repugnar toda etiqueta de cualquier –ismo». A pesar de ello, en 1945, cuando expuso sus Constelaciones en el MoMa de Nueva York, la crítica norteamericana y el mismo Picasso lo saludaron como el artista que había abierto una nueva puerta.

En septiembre de 1946, en el número 5 de la revista Ariel, Joan Perucho hacía una presentación relevante desde el punto de vista de la crítica de la época: «El surrealismo, así pues, con Joan Miró alcanza su máxima pureza. Un delirio de ascetismo, de economía, informa sus obras. Gradualmente se va despojando de todo posible contenido sensorial, va destruyendo una a una las amarras que lo atan a la realidad. […] Lo concreto real se convierte, de acuerdo con la dogmática surrealista, en concierto mental. Ningún otro artista lo ha logrado de una manera tan absoluta y tangible. Alguien ha dicho que Miró había descubierto los reflejos espirituales del objeto real. Pero conviene aclarar enseguida que este descubrimiento está hecho al margen de cualquier proceso de síntesis más o menos laborioso. Miró no razona: le basta su intuición maravillosa. De aquí que la pureza de un cuadro de este artista sea producto de la pureza de su alma, de su aspiración constante hacia lo absoluto. Y la más alta cualidad de Miró, la que le permite mantenerse como valor universal, es este perfecto equilibrio entre el sueño y la vida».

Basándose en los estudios más actuales, Pere Antoni Pons publicaba un planteamiento muy esclarecedor en El Temps de les Arts (núm. 1965, febrero de 2022): «Un síntoma de su ambición descomunal es que Miró odiaba que le negaran su rotunda singularidad; por ello, siempre que podía especificaba que él no hacía ningún tipo de automatismo surrealista, ni tampoco abstracción, cuando la abstracción estaba en boga y no eran pocos los que decían que la figuración había quedado obsoleta para siempre. Ello no quita que nunca renegara de sus lecciones del surrealismo y del dadá. En absoluto. Miró era un artista valiente o, incluso, podríamos decir que noble, en el sentido de que fue generoso tanto con sus discípulos como con sus maestros y colegas de quienes había aprendido tantas cosas (Picasso, Masson, Breton…) y a los que siempre estuvo agradecido».

Josep Massot, en Joan Miró sota el franquisme (Joan Miró bajo el franquismo) (2021) recuerda que Miró veía claramente la diferencia entre la poesía y la plástica, así como la razón por la que no coincidía del todo con el surrealismo: «[…] que mi obra sea como un poema puesto en música por un pintor. Eso es, el pintor vive en un mundo que no es del poeta ni del músico, pero es él quien juzga porque es él quien hace. Por ello, nunca he estado del todo de acuerdo con los surrealistas, que juzgaban el cuadro según su contenido poético, o sentimental, o, incluso, anecdótico. Yo siempre he valorado el contenido poético según sus posibilidades plásticas».

 

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