Miró: poesía
«Frecuenté mucho a los poetas porque pensaba que era necesario superar lo “plástico” para alcanzar la poesía».
Joan Miró no pintaba sueños, sino que, a través de su obra, facilitaba al observador los elementos que le hicieran soñar. Nunca trabajó bajo los efectos de la hipnosis, las drogas o el alcohol. No obstante, su personalidad artística y la manera en que representaba en sus lienzos todo aquello que su imaginación le dictaba hizo que André Breton exclamara: «¡Miró es el más surrealista de todos nosotros!». Como fuerza creativa de lo plástico y de la fuerte pasión que sentía por el mundo, los juegos poéticos y los materiales desnudos, siempre se manifestó como artista onírico.
Para entender a Miró, según su biógrafo y poeta Jacques Dupin, hay que ver cómo trabajan la tierra los payeses en Cataluña y cómo se relacionan con la universidad los poetas catalanes. En palabras de Vicenç Altaió, para Miró la poesía era algo físico: convertía la materia idiomática en elemento universal. Entendía, como los surrealistas, que el significado que hay dentro de las letras se desplaza y, así, pasa a ser materia pictórica. Además, para él, todo lo artístico tenía que ver con la vida. Por ello, las fracturas provocadas por las grandes guerras de su época lo llevaron a crear una nueva organización plástica de su pensamiento estético.
Joan Miró leyó a todos los poetas y los libros de poesía ocupaban un lugar privilegiado en sus talleres. Como afirma Altaió en una entrevista en Núvol: «El estudio de Miró era una realidad poética. Siempre que Miró entraba en su estudio, había un libro de poemas abierto y, cuando salía, pasaba la página para cuando volviera. Miró había trabajado en un total de 109 libros con poetas. Y una parte de estos libros eran de poetas catalanes. La primera (o última) conclusión a la que llegué es que Miró no ilustraba a otros poetas, sino que era EL poeta. En algunos casos había afinidad estética y, en otros, mucha distancia. Con nueve poetas [Foix, Salvat-Papasseit, Carner, Sindreu, Brossa, Perucho, Espriu, Martí i Pol y Gimferrer], se puede escribir un siglo de cultura catalana a través del tronco de Joan Miró».
Fruto de años de colaboraciones y amistad, Joan Perucho es quien mejor explica la relación de Miró con la Cataluña de posguerra en su extraordinario libro Joan Miró y Cataluña (1968), volumen que adaptaba muchos elementos del libro de artista Les essències de la terra (Las esencias de la tierra). Esta era una obra de gran formato que se presentaba en un estuche de color rojizo, en alusión al color de la tierra, y muy gráfico, con la caligrafía de Miró estampada. Julià Guillamon, en el catálogo de la exposición «D’un roig encès (De un rojo encendido)» (2021) describía algunas de sus ilustraciones de este modo: «El rojo, el amarillo, er verde y el azul representan el paisaje, con los pájaros y las estrellas, los aperos del campo y la mano del campesino, que es el artista. Imágenes en blanco y negro y en color se despliegan alrededor de los clásicos catalanes elegidos por Perucho». Además, en el libro destaca el sol rojo de Miró, junto con sus trazos característicos.
Asimismo, un fragmento de Petita (Pequeña) suite de Perucho describe a la perfección la poesía del trabajo de Miró: «Astro. Tierra. Llama. / Primavera secreta. / Oculta fuente. / Hombre. Mujer. Sangre. / Primavera secreta. / Furia escondida. / Guijarro de riera. / Niño que baila. / Raíz que baila. / Baila la primavera. / El deseo y la sangre».
El 18 de julio de 1948, en una carta al mismo Joan Miró, Josep Carner afirmaba: «Nadie, de todos los catalanes, ha sabido superarle en la compenetración, en la unidad viviente, de nuestra savia milenaria y el sentido de la universalidad».
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