exili joan miró

Miró: exilio

«Sentía un profundo deseo de huir. Me encerré deliberadamente en mí mismo. La noche, la música y las estrellas comenzaron a tener un papel decisivo en mi pintura».

En enero de 1945, la galería Pierre Matisses de Nueva York inauguraba la exposición de Miró que marcó un hito en la historia del arte, con las pinturas de la serie de las Constelaciones y las litografías de la serie Barcelona. Atrás quedaban el descalabro de la guerra civil de 1936, que obligó a los Miró a vivir en París, y los estragos de la Segunda Guerra Mundial, que los llevaron a instalarse en un pequeño pueblo de Normandía, Varengeville-sur-Mer, en 1939.

A partir de su correspondencia personal se conocen las presiones del régimen franquista para captar al artista catalán y su negativa a ser instrumentalizado por la dictadura. Miró se mantuvo firme y centrado en su trabajo creativo y siempre manifestó su compromiso con la libertad a través del arte tanto en sus exposiciones en París como en los Estados Unidos.

La serie de 23 pinturas que forman las Constelaciones, iniciada en 1939 en Varengeville-sur-Mer y finalizada en 1941 entre Mallorca y Mont-roig del Camp, nos habla de unos años muy productivos, a la vez que complicados por el terror de la guerra. El azul que aparece en estas Constelaciones no es otro que el que le había sobrado a Miró tras pintar las ventanas de su casa, siguiendo órdenes de las autoridades, para evitar que los aviadores alemanes vieran las luces de las casas cuando había bombardeos.

Otra anécdota nos conduce al momento en que la familia quedó atrapada entre el bombardeo de Hitler y el franquismo. En ese momento, por decisión de la esposa de Miró, Pilar Juncosa, huyeron con las pertenencias que pudieron reunir, llegaron a Ruan y así consiguieron salvar sus cuadros y sus vidas, ya que todos los pueblos de alrededor habían sufrido bombardeos masivos con gran número de víctimas; Miró vivió tal experiencia de fractura y desolación que se ha comparado con lo que significó Guernica para Picasso. En Ruan padecieron una odisea de días de espera en los andenes de la estación de trenes, con convoyes llenos a rebosar de pasajeros. Finalmente, gracias a la ayuda de dos enfermeras —que Pilar Juncosa calificó como dos ángeles— consiguieron subir a un vagón y llegar a París, aunque por el camino perdieron la maleta con todas las joyas y la mayor parte del equipaje… El maletín con los cuadros, sin embargo, no se separó ni un segundo de Joan Miró, que lo llevaba bajo el brazo.

 

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