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Picasso: vocación

«Nunca serás un genio, a menos que trabajes como una mula».

Nacido en 1881 en el seno de una familia de origen malagueño, Pablo Picasso fue un niño precoz que pintó su primer cuadro con 8 años. Su padre era pintor, de mentalidad muy rígida y defensor de la tradición academicista. 

En 1891 la familia se trasladó a La Coruña por el trabajo del padre y el genio estudió en la Escuela de Bellas Artes. A partir de 1895, recibió formación artística oficial en la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX cuando su padre obtuvo plaza de profesor numerario de dibujo de figura de la Escola la Llotja (lonja). A la sazón, el joven Picasso aprobó los exámenes de ingreso y accedió a los cursos superiores. 

En 1897 se trasladó a Madrid, donde continuó estudiando en la Academia San Fernando, pero no encontró un ambiente creativo adecuado para poder desarrollar sus ideas modernas y volvió un tanto desanimado y enfermo. Su padre, sin embargo, le había inculcado una disciplina militar que él nunca abandonó: no hay talento que evite el sacrificio y la inspiración te tiene que pillar trabajando. «Los demás hablan, yo trabajo», decía Picasso. Su padre no estaba de acuerdo con el camino que estaba tomando en lo artístico y le pareció buena idea que pasara un tiempo en el campo, mientras se curaba de la escarlatina, con un amigo y compañero de la Llotja, Manuel Pallarès, originario de Horta (Tarragona), que era un poco mayor y seguía los cánones del padre de Picasso.

Picasso en Els Ports: Horta, verano de 1898

«No se puede ir en contra de la naturaleza. Es más poderosa que el más fuerte de los hombres».

El verano de 1898, Picasso se instaló en Horta de Sant Joan (en aquel tiempo, Horta), acogido por la familia de su amigo Manuel Pallarès. Aquel período rodeado de las montañas de Els Ports y la forma de vida rural marcaron para siempre su vida y la evolución de su obra. Descubrió la felicidad de pintar en estado puro, sin prisas ni normas, en total comunión con la naturaleza.  

La aventura comenzó con el trayecto a Horta desde Tortosa, adonde él y su amigo habían llegado en tren. Fueron cuarenta kilómetros de ruta en mula y a pie. Una nueva experiencia para un joven que sólo había vivido en ciudades. Al llegar, visitaron el mas (finca) propiedad de la familia Pallarès en Els Ports, ya que era época de siega, y debieron de estar más de un día, puesto que se conservan bocetos y óleos del pintor, como Mas de Tafetans. Acto seguido, decidieron pasar unos días en la montaña de Santa Bàrbara, situada frente al pueblo, y durmieron en una gruta, la coveta dels Ullals (colmillos) de Morago (ahora conocida como Cueva Picasso). Esta montaña causó una gran impresión visual al pintor y, diez años más tarde, se convirtió en el «icono del cubismo geométrico». El cuaderno de Picasso retornó lleno de bosquejos del convento de Sant Salvador y de las ermitas diseminadas por la montaña. De ahí también surgió el cuadro Procesión al convento.

Más adelante, aún en verano, decidieron trasladarse a Els Ports y quedarse todo un mes para pintar cada uno un gran cuadro. Se instalaron en la cueva y solían pasar cerca del mas de Quiquet adonde, a veces, iban a pedir comida. Picasso dedicó un cuadro a esta finca. Asimismo, dibujó con profusión los árboles, las cabras, los burros y los paisajes del lugar.

Anecdotario

  • Gracias a la pluma del poeta, crítico y estudioso de Picasso, Josep Palau i Fabre, conocemos los detalles de aquel primer viaje en 1898, como, por ejemplo, la vida «primitiva» que llevaron Picasso y su amigo de Horta, Manuel Pallarès, durante la temporada que decidieron pasar en una cueva de Els Ports. Cuenta Palau i Fabre: «Durante este período, llevaron una vida realmente primitiva. Por la mañana, lo primero que hacían era ducharse, aprovechando un cercano salto de agua de dos metros y ayudándose de una cazuela para echársela por cabeza y cuerpo, primero uno, luego el otro». También sabemos que tenían poco que llevarse a la boca y que pasaron algo de hambre. «A menudo, cuando no dibujaban, se dedicaban a buscar fósiles y también, naturalmente, a recoger leña añade Palau i Fabre. La tortilla de cebolla y las patatas al rescoldo eran sus viandas favoritas en plena vida salvaje».
  • Los dos amigos pidieron al padre de Picasso que les enviara dos grandes telas por medio de un arriero. El día que buscaban un buen sitio para trabajar, mientras cargaban los útiles de pintura, Picasso resbaló por un sendero estrecho y cayó rodando. Más abajo había una profunda corriente de agua, cerca del río Estrets, y no sabía nadar. Pallarès lo rescató justo a tiempo. Años más tarde, Picasso le seguía recordando que le había salvado la vida, y su amigo bromeaba diciendo que «había que salvar todo el material…». Un mes más tarde, perdieron gran parte del trabajo realizado por culpa de una fuerte tormenta.
  • La temporada en Els Ports reportó a Picasso muchos aprendizajes: conocimientos sobre los oficios del entorno rural (pastores, leñadores, campesinos, entre otros muchos), sobre animales domésticos y salvajes, flora y fauna en general, cocina tradicional; y habilidades como hacer una hoguera o usar el cuchillo para tareas manuales (de hecho, se llevó uno consigo como un tesoro y se lo enseñaba a todo el mundo)… Al volver al pueblo, a menudo visitaba a los artesanos: al carpintero, al herrero… Un día, incluso, ¡ayudó a su amigo y su padre a cargar estiércol en los serones de un burro!  

Finalmente, se quedó ocho meses. El estado de plenitud física y creativa que alcanzó en esa época de experiencias apasionantes es el que, años más tarde, lo llevó a afirmar su conocida frase «Todo lo que sé, lo he aprendido en Horta». Josep Palau i Fabre, en su obra Picasso vivo, 1881-1907, lo describe perfectamente: «Horta representó por mucho tiempo en su vida —quizá por siempre— el Paraíso perdido, ese paraíso perdido que casi todo el mundo, de una forma u otra, lleva dentro»».

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