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Miró: Camp de Tarragona

« […] dibujar en el espacio vacío el canto de los pájaros, el ruido del agua, del viento […] y el canto de los insectos, el viento y el agua podrían llevarse todo eso […]». (Joan Miró, notas de trabajo).

Sobre los elementos del paisaje, Miró habla de la importancia del mundo vegetal y animal en su obra durante una entrevista incluida en el documental D’un roig encès (1979):

«En la tierra de Mont-roig están las raíces de los dos árboles capitales de allí: el algarrobo y el olivo. Para mí, las raíces del algarrobo son como mis pies, que se hunden en la tierra, y este contacto me da una enorme fuerza. También admiro el signo de vitalidad que tiene el algarrobo, ya que nunca pierde las hojas. Cuando viajo siempre llevo en el maletín un sobre con una algarroba de Mont-roig; para mí ha sido una fuerza capital en mi obra. Nunca he perdido este contacto con Mont-roig. Me ha dado una fuerza de árbol, no una fuerza humana, sino una gran potencialidad vegetal. Como la de un árbol […] Los animalitos y los pájaros me hipnotizan. Sobre todo los animalitos casi invisibles, los insectos, las mariposas. Cuando los domingos iba de excursión a pie o en bicicleta, con frecuencia iba desde casa hasta L’Hospitalet. Antes de llegar estaba el vedado del marqués de Marianao, donde se cazaba. Recuerdo muy bien que, de vez en cuando, los conejos cruzaban la carretera». 

«La fuerza de la tierra de Mont-roig, para mí, es equivalente a la fuerza de Cataluña, que no hay manera de que nos derrumben».
(J. Miró, entrevistado por M. Rom).

Joan Miró se sentía totalmente identificado con el Camp de Tarragona. En una carta a Lola Anglada (21-7-1915), dice así: «Me encuentro en esta tierra de fuego y mar azul, muy azul. ¡Dios ha hecho realmente hermoso este Camp de Tarragona! Aquí trabajo mucho, trabajo desesperadamente». Son sus veranos más intensos en la finca de Mont-roig, cuando pinta una serie de dibujos de los trabajos del campo y del puerto de Cambrils. En ellos vemos, por ejemplo, a campesinos en carro o labrando, mujeres reparando redes de pesca, grupos de pescadores descargando pescado o escenas en el mercado (de pescado y productos del campo). En otra carta a Anglada (7-8-1915), Miró describe: «He llegado nuevamente a esta tierra de luz y mar, de campesinos de mejillas coloradas, fuertes como estas montañas, y barcas con las velas muy blancas que sacan peces de muchos colores…». Según el fotógrafo E. Scheidegger: «A Miró le fascinaba todo esto y le inspiraba para su trabajo. Me encargó que plasmara en mis fotografías todo este mundo del mar…».

A principios del siglo XX, Cambrils era la estación de tren más cercana a Mas Miró, a unos siete kilómetros, y había también una buena carretera para ir de visita o a pintar. En el año 1917, Miró pintó dos cuadros en dicho pueblo: Cambrils, playa y Cambrils, el puerto. En otra de sus cartas a Lola Anglada (18-9-1917), le cuenta la vida en la finca y cómo trabaja en Cambrils: «Día admirable, muy luminoso, música de colores. Fiesta de la vendimia y pisado de la uva. […] Esta tarde, después de comer… en bicicleta, gomas bien infladas, carretera rodando sobre dos ligeras ruedas. Árboles, viñas, olivos, pinos, una franja de platino. En pocos minutos en Cambrils ante una tela y un caballete. El mar, barcas, perros que persiguen a los gallos. Brava gente del mar… Después del trabajo llego a casa cansadísimo, poco dispuesto a acabar de exprimirme el cerebro. Noche, después de cenar, a dormir el sueño de los que cavan y labran la tierra».

 

«Cambrils, la playa», 1917 © Successió Miró, 2014.

En Mont-roig, Miró camina mucho y observa los terrenos rústicos y los campos labrados: algarrobos y olivos, viñas de retorcidas cepas, los perfectos surcos paralelos de la tierra labrada, campos de cereales resplandecientes y huertos cultivados con cañas de tomateras y judía verde, regados por norias y albercas. En definitiva, el trabajo sabio de los campesinos, grandes conocedores de la tierra, de mejillas curtidas por el sol y atentos siempre al cielo y sus señales. Desde Mas Miró, en su recorrido hasta la playa de la Pixerota, entre caminos marcados por las rodadas de los carros y barrancos de frondosa vegetación, Joan Miró encuentra hinojo aromático, agaves en flor con ramas de formas piramidales (que, incluso, recuerdan al símbolo mironiano de la escalera de la evasión), higos chumbos (que tanto gustaban al pintor), cañaverales de blancas espigas y pinos singulares que a menudo se podían ver antes de llegar a las playas naturales.

En un artículo publicado en el blog de la Fundación Miró de Barcelona (18-2-2020), la conservadora adjunta de las colecciones, Elena Escolar, afirma rotundamente:

«Es en Mont-roig donde asimila los ciclos naturales y observa los insectos, los animales en plena naturaleza, las estrellas, las nubes, los efectos del sol y la luna, las gradaciones de la luz en el paisaje, la acción de la lluvia en la tierra rojiza. Convive con los campesinos, se impregna de su sabiduría, comparte comidas con ellos, escucha sus historias, observa cómo trabajan la tierra, qué herramientas usan, los objetos que les rodean, el efecto de los ciclos naturales en su día a día. El entorno de Mont-roig y sus protagonistas contemplados con detalle estimulan en el artista una integración del paisaje que no solo capta formalmente, sino que se convierte en una fuerza creadora y despierta en Miró un sentimiento de pertenencia: “Es la tierra, la tierra: es más fuerte que yo. Las montañas fantásticas tienen un papel muy importante en mi vida, y el cielo también. […] es el choque de estas formas en mi espíritu, más que la visión en sí. En Mont-roig es la fuerza la que me nutre, la fuerza”.

»En verano de 1918, pinta del natural algunos paisajes que corresponden a espacios del entorno del Mas Miró: Huerto con asno, La rodera, La casa de la palmera y Tejería, en Mont-roig. Estas pinturas muestran un claro deseo de representar con gran detalle los elementos del paisaje. […] Durante aquel verano y hasta el otoño de 1919, pinta otro paisaje “detallista”: Mont-roig, la iglesia y el pueblo, con el que concluirá esta serie de paisajes. A diferencia de los otros, el formato que emplea el artista es vertical y es esa orientación del paisaje lo que nos hace percibirlo de forma escalonada. En primer plano, hallamos bancales labrados, parcelas cultivadas, cañas con tomateras. Vamos avanzando hacia el plano medio de la pintura, donde vemos el agua que mana de la acequia, en un espacio que queda delimitado por un margen de ladrillos, trazados minuciosamente, que encuadra un bancal en el que encontramos varios cultivos y vemos una figura humana cavando con una azada. Este espacio, ordenado con precisión, contrasta con el del plano superior, donde hay una masa de árboles y vegetación exuberantes que se desbordan y nos llevan al estrato más alto, donde están representados con detalle la iglesia vieja y los demás edificios del pueblo, alineados».

 

Anecdotario

  • A lo largo de su vida, Joan Miró escribió un sinfín de cartas desde el mas de Mont-roig. Gracias a esta correspondencia, sabemos, por ejemplo, que el artista aprendió cosas elementales en Mont-roig. En junio de 1921, al volver de París, donde había permanecido unos meses, Joan Miró se planta en el mas y se reúne con su familia. El caso es que la parentela se va pronto, el artista se queda solo con la masovera (aparcera) y le toca colaborar en algunas tareas domésticas. Así lo refiere a su amigo arquitecto, pintor e historiador de arte Josep F. Ràfols: «Actualmente estoy haciendo prácticas de ménage y de cocina. Aunque tenga a la masovera que me cuide, siempre es bueno saber hacer estas cosas. ¡Créame si le digo que es muy divertido aprender a freír un huevo y saber hacerse la cama!…». Una masovera que, por cierto, no era otra que Adelaida Castellnou, modelo del cuadro La masovera, que hoy en día se encuentra en el Centre Georges Pompidou, de París.
  • Los vecinos de Mas Miró de Mont-roig contaban que un día se presentó una pareja de carabineros pidiendo que se personaran en la Casilla de los Carabineros que había en la playa de la Pixerota, porque habían detenido a un chico sospechoso de contrabando que decía conocerlos. Era Joan Miró, que se pasaba horas solo en la playa esperando la puesta de sol, y los guardias habían creído que esperaba a alguien o algún desembarco sospechoso, cosa habitual en la zona. El masovero del Mas d’en Poca, la finca de al lado de Mas Miró, declaró: «Es que este chico es un artista». 
  • También relatan que, otras veces, lo encontraban sentado en los márgenes de piedra seca esperando la puesta de sol, a menudo en el lado oeste de su finca, en el Tancat, un terreno de secano con algarrobos próximo al barranco de Rifà. También existen fotografías del pintor en los márgenes del Camí Vell que lleva a la ermita de la Mare de Déu de la Roca. En verdad, Miró admiraba las construcciones de piedra en seco por su componente artesanal, por la maestría que exigían a los labradores expertos en aquel arte de disponer piedras en las posiciones exactas y con las medidas más adecuadas para sostenerse sin ningún material de unión. A su vez, dichos márgenes causaban un efecto visualmente hermoso a la vez que definían de forma ordenada el territorio de Mont-roig y alrededores. En un cuaderno de 1940-1941 conservado en la Fundació Joan Miró de Barcelona, hablando de sus inicios en la escultura, dice así: «[…] picando piedras, retocándolas, de tronas de árboles…». Las tronas son construcciones circulares de piedra seca que rodeaban los troncos de los árboles y se rellenaban de tierra para proteger a los más jóvenes de las fuertes ráfagas de viento de Mont-roig.

En 2020, en un viejo post de nuestra web, Elena Juncosa, directora de la Fundación Mas Miró, hacía un claro resumen de la importancia de Mont-roig:

«La realidad de Miró perdura en la masia [Mas Miró]: bajo la sombra de los eucaliptos, donde pintó Retrato de una niña; en el silencio de las habitaciones, donde aún se conservan muebles que aparecen en cuadros como La mesa (Bodegón del conejo) o El caballo, la pipa y la flor roja; en los grafitos y las manchas de pintura en el suelo del taller, en la tierra labrada que rodea la casa y que ahora vuelve a germinar, en el color de los algarrobos y las montañas que le inspiraron obras como Viñedos y olivos, pintada desde su habitación, o las golondrinas que, como en el cuadro de La Masía, cada año vuelven a anidar. Y aún podemos bajar hasta la playa de la Pixerota y contemplar La playa, o subir hasta la Roca (ermita de la Mare de Déu de la Roca) y contemplar Sant Ramon en equilibrio tal y como lo vio y plasmó Miró. El Mont-roig de Miró son las raíces, es su vínculo con la tierra y la sencillez de lo cotidiano: en definitiva, un paisaje».

 

Reus: plaza Prim y sastreria Queralt

Joan Miró era un hombre de costumbres y había dos lugares clave de la ciudad de Reus que  gustaba de visitar asiduamente: la plaza Prim y la sastrería Queralt. 

En noviembre de 1973, el Daily News de Washington alababa el buen gusto de Miró para vestir. El artista encargaba sus trajes de temporada en la sastrería Queralt de Reus, que le había recomendado Joan Prats, amigo y sombrerero que regentaba una tienda en la Rambla de Cataluña 54 de Barcelona. Ya en las décadas de 1950 y 1960, Miró frecuentaba Reus para hacer sus compras y su punto de reunión era la sastrería, situada en la calle Monterols 35, junto a la plaza Prim. En aquel establecimiento, el artista hallaba su refugio de discreción hecho a medida (nunca mejor dicho). De una elegancia avalada por numerosas celebridades y artistas, la sastrería llegó a sumar una trayectoria de 110 años de historia, hasta el año 2018, en que cerró por falta de relevo generacional. En el primer piso de la tienda, donde habían llegado a coser ochenta personas, existía una sala dedicada a Miró con cartas, dibujos y postales que el artista enviaba a su sastre, Francesc Queralt, originario de Valls.

Miró era un hombre muy presumido, tal y como lo definían su propia esposa y su nieto. También Josep Pla lo describía con detalle en sus Retrats de passaport (Retratos de Pasaporte) (1970) y comentaba el origen del apodo Marqués de Mont-roig que le adjudicaron sus amigos de París, por ir tan elegantemente vestido en aquel ambiente bohemio: «Vestía muy bien… parecía que acababa de salir de una caja. No creo que hubiera en Montparnasse un artista que pusiera tanto mimo en su aspecto externo e indumentaria… Era un pequeño mundo en el que todos, hombres y mujeres, se vestían como podían, es decir, de cualquier manera. Miró, no. Era una nota discordante, pero no creo que Miró la practicara… para distinguirse. Miró creía que tenía que vestir de forma admirable, y así lo hacía con perfectísima naturalidad».

Según el escritor reusense Xavier Amorós, en su libro Tomb de ravals (literalmente “vuelta” de arrabales, el perímetro de calles que rodean el casco antiguo de la ciudad), Joan Miró fue un enamorado de la plaça del Prim de Reus: «Siempre decía que aquél era uno de los lugares del mundo donde, al llegar el buen tiempo, sentado en una mesa de la terraza de algún bar, le gustaba más esperar la puesta de sol. Y esta espera la practicaba a menudo en verano; a veces, acompañado por su amigo, el sombrero barcelonés Joan Prats». Asimismo, el autor comenta que Miró aprovechaba las visitas a la ciudad para verse con el doctor Vilaseca y pedirle que le enseñara las piedras prehistóricas de su museo.

Su amor por esta plaza emblemática y luminosa de la ciudad aparecía con frecuencia en las cartas que enviaba a la familia Queralt. El 26 de diciembre de 1977, Miró escribe desde Palma a Luis Queralt: «La pasada temporada, verano y otoño, me sentí muy impedido, un invierno de trabajo excesivo me obligó a hacer reposo. Me limité a pasar sólo unas horas en Mont-roig, en vez de esas largas estancias que me permitían tomarme un café en la plaza Prim, que tanto amo, y tener aquellas charlas en casa de los amigos Queralt. Ahora llevo una vida de intensa actividad, lo que me permitirá el verano que viene pasar una buena temporada en el Mas y escaparme a Reus».

La prueba clara de la importancia de la plaza Prim para Miró es que, entre las postales que siguen decorando las paredes de su taller en el mas de Mont-roig, se conserva, precisamente, una fotografía de dicha plaza.

 

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