sols de miró

Los soles de Miró

Los soles tienen una gran relevancia, sobre todo en la época tardía de la obra de Joan Miró; se representan en forma de manchas de color de un rojo intenso en muchas de sus obras. De hecho, tal y como decía el escritor David Fernández Miró sobre la obra de su abuelo Joan: «Todo el universo importa, desde una piedra hasta el sol, desde una brizna de hierba a sus queridos algarrobos, desde el insecto hasta el águila. Cualquier cosa, por insignificante que sea, se puede convertir en mironiana».

El crítico de arte Alexandre Cirici explicaba el sol y la luna de Miró como presencias, más que como símbolos, donde destacaba el sol quizá por su carga de energía positiva: «De una manera privilegiada, entre los astros aparecen el Sol y la Luna, temas tan importantes que a menudo pueden ser considerados como un distintivo de la obra mironiana. El Sol tiene una larga tradición simbólica en el arte mundial, pero debe admitirse que para Miró no aparece como símbolo, sino como presencia, una presencia que, como la de las estrellas, no es visual sino táctil. Los soles de Miró son como un gran globo, suspendido en el aire, a menudo de una estructura que expresa su carácter material mediante un perfil irregular, ligeramente aplastado, como de patata. El color más típico de estos soles es el rojo, que no corresponde a la visión dorada del astro sino más bien a la presencia táctil del sol como fuente de calor, sensible a través de la piel».

Amén de las pinturas en que el sol se muestra como una gran mancha encarnada, podemos destacar los murales cerámicos El Sol y La Luna hechos por encargo de la UNESCO entre 1956 y 1958. Dos obras de gran formato creadas con baldosas de cerámica de medidas, texturas y colores varios. «La idea de un gran disco rojo intenso se impone para el muro más grande», dijo Miró.

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