Colores

El amarillo de Antoni Gaudí El rojo de Joan Miró El azul de Pau Casals El verde de Pablo Picasso
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El fruto de la chumbera

Las chumberas dan abundantes flores sobre el verde apagado de sus pencas carnosas y planas, así como frutos rojos y redondos, que tanto gustaban a Miró y que resaltan la fuerza de la vida. Las hojas de las chumberas, redondeadas, recuerdan a los personajes de Joan Miró. Actualmente, junto a los lavaderos de Mas Miró hay este tipo de cactácea.

Miró consideraba su taller como un huerto y, según él mismo explicaba: «Siempre trabajo en muchísimas cosas a la vez. E incluso en dominios diferentes: pintura, grabado, litografía, escultura, cerámica». En un principio, durante los años 1920, cuando se relacionaba con el movimiento surrealista, había hecho puntuales incursiones en la escultura para conseguir una tercera dimensión en la pintura. En los años 1960 y 1970, en cambio, la escultura pasa a ser una disciplina artística más de su amplio repertorio. Miró empezó modelando cerámicas para fundirlas en bronce y acabó dando vida a los objetos que poblaban su estudio. Construyó nuevas figuras que acoplaba y fundía en bronce, y que solía pintar con una amplia gama de colores, si bien el que predominaba con frecuencia en sus personajes era el rojo.

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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La flor de hibisco

Hoy en día, en los jardines de Mas Miró aún podemos disfrutar de los hibiscos color rojo intenso que engalanan la fachada, entre otros arbustos y árboles como eucaliptos, laureles y algarrobos. Su flor encarnada aparece representada en varios bodegones de la primera época de Miró, como Bodegón con uvas (1920). 

Sabemos que la temporada que Miró pasa en París en 1920 le abre un mundo de nuevas ideas. En Mont-roig, con la excitante tranquilidad que le proporciona el campo, Miró se sumerge en el trabajo. Junto con La mesa (Bodegón del conejo), Miró realiza otra pintura, El caballo, la pipa y la flor roja. Cuando está a punto de terminarlos, el autor escribe al galerista Dalmau, con quien había realizado su primera exposición individual en 1918, y le cuenta que «En breve espero acabar dos telas que, me parece, le interesarán. Una debe de medir unos 80 x 90 cm y es: la esquina de una cómoda roja con un caballo flamenco encima, un libro, una pipa, una copa con una flor roja; pared del fondo blanca y azul, espejos reflejando el paisaje que se ve delante. Simple, sintética, vigorosa. He intentado ir a un arte puramente conceptual, que creo será el arte del futuro». 

Además del escritorio de tono rojizo en el que se inspira para el cuadro, aún se conservan algunos de los elementos originales que aparecen en la obra. El caballo se halla en el Mas y la página reproducida, que corresponde al libro Le Coq et l’Arlequin (El gallo y el Arlequín) de Cocteau con un dibujo de Picasso, actualmente se encuentra en la Fundació Joan Miró de Barcelona, en la biblioteca personal del pintor. Si nos fijamos en la flor, se trata de un hibisco, flor encarnada presente en muchos otros bodegones de Miró.

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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La Montaña de la Roca y el Areny

La montaña de la Mare de Déu de la Roca destaca durante todo el camino, con su color rojo, en contraste con la ermita de Sant Ramon, blanca y suspendida de la roca roja, y constituye uno de los referentes visuales de mayor entidad de todo el entorno. Aun así, en este espacio, y en todo el paisaje de Mont-roig, también encontramos los colores mediterráneos de Miró… Salpicado de verde por los agaves, con sus flores amarillas en la parte inferior y el cielo de fondo, el paisaje hace visibles los cuatro colores primarios del artista. En segundo plano, los contrafuertes de las sierras de Riudecanyes y Escornalbou conforman el fondo escénico, en el que se identifican claramente la mola (muela) de Colldejou, la montaña Blanca y el castillo del monasterio de Escornalbou, todo un paisaje con las mismas características geológicas comunes de roca granítica y tierra arenisca de tonos rojizos.

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Las baldosas de la bodega y el taller de Mas Miró

El taller de Mas Miró se conserva tal y como lo dejó el artista en 1976, último año en que veraneó en Mont-roig. De hecho, aún podemos ver una réplica del calendario original que tenía colgado en la pared y que muestra la página de septiembre de 1976, el último período en que Miró trabajó allí. En él se hallan pinceles, utensilios, hallazgos y elementos varios que Miró utilizaba como fuente de inspiración. Cualquier cosa podía suponer un punto de partida. Su atmósfera creativa perdura y su bata aún conserva restos de pintura. Las pinceladas en el suelo dan fe de su energía. Los dos grafitos en las paredes, esbozos para esculturas, son creaciones puras de gran sinceridad y síntesis expresiva. Para la concepción del taller, Miró partió de la idea de que, como espacio de trabajo, tenía que ser de gran austeridad, como la celda de un monje. Pidió que la disposición de las ventanas le dejara ver el paisaje mientras trabajaba, y que la luz entrara bañando las esculturas desde todos los ángulos, como si estuviera trabajando en mitad del campo. El suelo del taller nos muestra la importancia del rojo entre sus fuentes de inspiración. Es un lugar sumamente especial y estudiado hasta el último detalle, con la presencia destacada del suelo de ladrillo color bermellón que resalta en el ambiente de la estancia. También ocurre en la bodega, donde conservaba las botas de vino rancio que a menudo ofrecía a amigos y familiares, a quienes explicaba el proceso de fabricación en las cartas que intercambiaban antes de sus visitas.

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011 (Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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Los bordados florales de Mas Miró

Entre los objetos que se conservan en la residencia y el taller de Miró en Mont-roig, el mobiliario desempeña una importante función ya que, en sus inicios, era fuente de inspiración recurrente para sus creaciones y, entre las tonalidades, siempre hay algún detalle relevante que nos lleva al rojo. Por ejemplo, se observa un puf o escabel cuyo cojín está bordado con flores (rosas rojas) y una colorida mariposa. Reposa sobre tres patas con ruedas y está rematado por un ribete de flecos que las cubren. El puf se halla en la sala noble de Mas Miró; concretamente, delante del sofá y las butacas de la estancia. En algunas fotografías antiguas del mas, podemos verlo situado en un saloncito de la misma planta. En el cuadro Desnudo con espejo de 1919, aparece una mujer desnuda sentada en él con un espejito en la mano. Muy probablemente, el autor pintó dicho cuadro durante el verano del mismo año en la finca. El mismo bordado se aprecia en uno de los cojines del mobiliario conservado en el saloncito de Mas Miró. En el salón, ubicado en el primer piso del edificio residencial, también se respira este ambiente de cálidos tonos rojizos y rosados. Es una estancia que cuenta con una decoración noble y un mobiliario de estilo alfonsino.

Fuente destacada: Juncosa Vecchierini, Elena. «Mas Miró (Mont-roig). Aportaciones documentales a uno de los espacios creativos de Joan Miró». Premio Pilar Juncosa de investigación 2011(Fundació Pilar i Joan Miró, Mallorca), inédito.

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Los soles de Miró

Los soles tienen una gran relevancia, sobre todo en la época tardía de la obra de Joan Miró; se representan en forma de manchas de color de un rojo intenso en muchas de sus obras. De hecho, tal y como decía el escritor David Fernández Miró sobre la obra de su abuelo Joan: «Todo el universo importa, desde una piedra hasta el sol, desde una brizna de hierba a sus queridos algarrobos, desde el insecto hasta el águila. Cualquier cosa, por insignificante que sea, se puede convertir en mironiana».

El crítico de arte Alexandre Cirici explicaba el sol y la luna de Miró como presencias, más que como símbolos, donde destacaba el sol quizá por su carga de energía positiva: «De una manera privilegiada, entre los astros aparecen el Sol y la Luna, temas tan importantes que a menudo pueden ser considerados como un distintivo de la obra mironiana. El Sol tiene una larga tradición simbólica en el arte mundial, pero debe admitirse que para Miró no aparece como símbolo, sino como presencia, una presencia que, como la de las estrellas, no es visual sino táctil. Los soles de Miró son como un gran globo, suspendido en el aire, a menudo de una estructura que expresa su carácter material mediante un perfil irregular, ligeramente aplastado, como de patata. El color más típico de estos soles es el rojo, que no corresponde a la visión dorada del astro sino más bien a la presencia táctil del sol como fuente de calor, sensible a través de la piel».

Amén de las pinturas en que el sol se muestra como una gran mancha encarnada, podemos destacar los murales cerámicos El Sol y La Luna hechos por encargo de la UNESCO entre 1956 y 1958. Dos obras de gran formato creadas con baldosas de cerámica de medidas, texturas y colores varios. «La idea de un gran disco rojo intenso se impone para el muro más grande», dijo Miró.

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